EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO VIKTOR FRANKL
EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO
VIKTOR E. FRANKL
Con un prefacio de Gordon W. Allport
BARCELONA EDITORIAL HERDER 1991
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PREFACIO
El Dr. Frankl, psiquiatra y escritor, suele preguntar a sus pacientes
aquejados de múltiples padecimientos, más o menos importantes: "¿Por qué
no se suicida usted?" Y muchas veces, de las respuestas extrae una
orientación para la psicoterapia a aplicar: a éste, lo que le ata a la vida son
los hijos; al otro, un talento, una habilidad sin explotar; a un tercero,
quizás, sólo unos cuantos recuerdos que merece la pena rescatar del olvido.
Tejer estas tenues hebras de vidas rotas en una urdimbre firme, coherente,
significativa y responsable es el objeto con que se enfrenta la logoterapia,
que es la versión original del Dr. Frankl del moderno análisis existencial. En
esta obra, el Dr. Frankl explica la experiencia que le llevó al descubrimiento
de la logoterapia. Prisionero, durante mucho tiempo, en los bestiales campos de
concentración, él mismo sintió en su propio ser lo que significaba una
existencia desnuda. Sus padres, su hermano, incluso su esposa, murieron en los
campos de concentración o fueron enviados a las cámaras de gas, de tal suerte
que, salvo una hermana, todos perecieron. ¿Cómo pudo él —que todo lo había
perdido, que había visto destruir todo lo que valía la pena, que padeció
hambre, frío, brutalidades sin fin, que tantas veces estuvo a punto del
exterminio—, cómo pudo aceptar que la vida fuera digna de vivirla ? El
psiquiatra que personalmente ha tenido que enfrentarse a tales rigores merece
que se le escuche, pues nadie como él para juzgar nuestra condición humana
sabia y compasivamente. Las palabras del Dr. Frankl tienen un tono
profundamente honesto, pues se basan en experiencias demasiado hondas para ser
falsas. Dado el cargo que hoy ocupa en la Facultad de Medicina de Viena y el
renombre que han alcanzado las clínicas de logoterapia que actualmente van
desarrollándose en los distintos países tomando como modelo su famosa
Policlínica Neurológica de Viena, lo que el Dr. Frankl tiene que decir adquiere
todavía mayor prestigio. Es difícil no caer en la tentación de comparar la
forma que el
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Dr. Frankl tiene de enfocar la teoría y la terapia con la obra de su
predecesor, Sigmund Freud. Ambos doctores se aplican primordialmente a estudiar
la naturaleza y cura de las neurosis. Para Freud, la raíz de esta angustiosa
enfermedad está en la ansiedad que se fundamenta en motivos conflictivos e
inconscientes. Frankl diferencia varias formas de neurosis y descubre el origen
de algunas de ellas (la neurosis noógena) en la incapacidad del paciente para
encontrar significación y sentido de responsabilidad en la propia existencia.
Freud pone de relieve la frustración de la vida sexual; para Frankl la
frustración está en la voluntad intencional. Se da en la Europa actual una
marcada tendencia a alejarse de Freud y una aceptación muy extendida del
análisis existencial, que toma distintas formas más o menos afines, siendo una
de ellas la escuela de logoterapia. Es característico del abierto talante de
Frankl el no repudiar a Freud, antes bien construye sobre sus aportaciones; tampoco
se enfrenta a las demás modalidades de la terapia existencial, sino que celebra
gustoso su parentesco con ellas. El presente relato, aun siendo breve, está
elaborado con arte y garra. Yo lo he leído dos veces de un tirón, incapaz de
desprenderme de su hechizo. En alguna parte, hacia la mitad del libro, Frankl
presenta su propia filosofía de la logoterapia: lo hace como sin solución de
continuidad y tan quedamente que sólo cuando ha terminado el libro el lector se
percata de que está ante un ensayo profundo y no ante un relato más,
forzosamente, sobre campos de concentración. Es mucho lo que el lector aprende
de este fragmento autobiográfico : aprende lo que hace un ser humano cuando, de
pronto, se da cuenta de que no tiene "nada que perder excepto su ridícula
vida desnuda". La descripción que hace Frankl de la mezcla de emociones y
apatía que se agolpan en la mente es impresionante. Lo primero que acude en
nuestro auxilio es una curiosidad, fría y despegada, por nuestro propio
destino. A continuación, y con toda rapidez, se urden las estrategias para
salvar lo que resta de vida, aun cuando las oportunidades de sobrevivir sean
mínimas. El hambre, la humillación y la sorda cólera ante la injusticia se
hacen tolerables a través de las
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imágenes entrañables de las personas amadas, de la religión, de un tenaz
sentido del humor, e incluso de un vislumbrar la belleza estimulante de la
naturaleza: un árbol, una puesta de sol. Pero estos momentos de alivio no
determinan la voluntad de vivir, si es que no contribuyen a aumentar en el
prisionero la noción de lo insensato de su sufrimiento. Y es en este punto
donde encontramos el tema central del existencialismo: vivir es sufrir;
sobrevivir es hallarle sentido al sufrimiento. Si la vida tiene algún objeto,
éste no puede ser otro que el de sufrir y morir. Pero nadie puede decirle a
nadie en qué consiste este objeto: cada uno debe hallarlo por sí mismo y
aceptar la responsabilidad que su respuesta le dicta. Si triunfa en el empeño,
seguirá desarrollándose a pesar de todas las indignidades. Frankl gusta de
citar a Nietzsche: "Quien tiene un porque para, vivir, encontrará casi
siempre el como". En el campo de concentración, todas las circunstancias
conspiran para conseguir que el prisionero pierda sus asideros. Todas las metas
de la vida familiar han sido arrancadas de cuajo, lo único que resta es
"la última de las libertades humanas", la capacidad de "elegir
la actitud personal ante un conjunto de circunstancias". Esta última
libertad, admitida tanto por los antiguos estoicos como por los modernos
existencialistas, adquiere una vivida significación en el relato de Frankl. Los
prisioneros no eran más que hombres normales y corrientes, pero algunos de
ellos al elegir ser "dignos de su sufrimiento" atestiguan la
capacidad humana para elevarse por encima de su aparente destino. Como
psicoterapeuta que es, el autor quiere saber cómo se puede ayudar al hombre a
alcanzar esta capacidad, tan diferenciadoramente humana, por otra parte. ¿Cómo
puede uno despertar en un paciente el sentimiento de que tiene la
responsabilidad de vivir, por muy adversas que se presenten las circunstancias?
Frankl nos da cumplida cuenta de una sesión de terapia colectiva que mantuvo
con sus compañeros de prisión. A petición del editor, el Dr. Frankl ha añadido
a su autobiografía una breve pero explícita exposición de los principios
básicos de la logoterapia. Hasta ahora casi todas las publicaciones
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de esta "tercera escuela vienesa de psicoterapia" (son sus
predecesoras las escuelas de Freud y Adler) se han editado preferentemente en
alemán, de modo que el lector acogerá con agrado este suplemento del Dr. Frankl
a su relato personal. A diferencia de otros existencialistas europeos, Frankl
no es ni pesimista ni antirreligioso; antes al contrario, para ser un autor que
se enfrenta de lleno a la omnipresencia del sufrimiento y a las fuerzas del
mal, adopta un punto de vista sorprendentemente esperanzador sobre la capacidad
humana de trascender sus dificultades y descubrir la verdad conveniente y orientadora.
Recomiendo calurosamente esta pequeña obrita, por ser una joya de la narrativa
dramática centrada en torno al más profundo de los problemas humanos. Su mérito
es tanto literario como filosófico y ofrece una precisa introducción al
movimiento psicológico más importante de nuestro tiempo.
GORDON W. ALLPORT
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Gordon W. Allport, antiguo profesor de psicología de la Universidad de
Harvard, fue uno de los escritores y docentes más prestigiosos de los Estados
Unidos. Publicó numerosas obras originales sobre psicología y fue director del
'Journal of Abnormal and Social Psycbology". Precisamente a través de la
labor pionera del profesor Allport la trascendental teoría del Dr. Frankl se ha
introducido en aquel país; más aún, el interés que ha despertado la logoterapia
ha crecido a pasos agigantados debido en parte a su reputación.
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PARTE PRIMERA
UN PSICÓLOGO EN UN CAMPO
DE
CONCENTRACIÓN
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"Un psicólogo en un campo de concentración". No se trata, por
lo tanto, de un relato de hechos y sucesos, sino de experiencias personales,
experiencias que millones de seres humanos han sufrido una y otra vez. Es la
historia íntima de un campo de concentración contada por uno de sus
supervivientes. No se ocupa de los grandes horrores que ya han sido suficiente
y prolijamente descritos (aunque no siempre y no todos los hayan creído), sino
que cuenta esa otra multitud de pequeños tormentos. En otras palabras, pretende
dar respuesta a la siguiente pregunta: ¿Cómo incidía la vida diaria de un campo
de concentración en la mente del prisionero medio? Muchos de los sucesos que
aquí se describen no tuvieron lugar en los grandes y famosos campos, sino en
los más pequeños, que es donde se produjo la mayor experiencia del exterminio.
Tampoco es un libro sobre el sufrimiento y la muerte de grandes héroes y
mártires, ni sobre los preeminentes "capos" — prisioneros que
actuaban como especie de administradores y tenían privilegios especiales— o los
prisioneros de renombre. Es decir, no se refiere tanto a los sufrimientos de
los poderosos, cuanto a los sacrificios, crucifixión y muerte de la gran legión
de víctimas desconocidas y olvidadas, pues era a estos prisioneros normales y
corrientes, que no llevaban ninguna marca distintiva en sus mangas, a quienes
los "capos" realmente despreciaban. Mientras estos prisioneros
comunes tenían muy poco o nada que llevarse a la boca, los "capos" no
padecían nunca hambre; de hecho, muchos de estos "capos" lo pasaron
mucho mejor en los campos que en toda su vida, y muy a menudo eran más duros
con los prisioneros que los propios guardias, y les golpeaban con mayor
crueldad que los hombres de las SS. Claro está que los "capos" se
elegían de entre aquellos prisioneros cuyo carácter hacía suponer que serían
los indicados para tales procedimientos, y si no cumplían con lo que se
esperaba de ellos, inmediatamente se les degradaba. Pronto se fueron pareciendo
tanto a los
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miembros de las SS y a los guardianes de los campos que se les podría
juzgar desde una perspectiva psicológica similar.
Selección activa y pasiva
Es muy fácil para el que no ha estado nunca en un campo de concentración
hacerse una idea equivocada de la vida en él, idea en la que piedad y simpatía
aparecen mezcladas, sobre todo al no conocer prácticamente nada de la dura
lucha por la existencia que precisamente en los campos más pequeños se libraba
entre los prisioneros, del combate inexorable por el pan de cada día y por la
propia vida, por el bien de uno mismo y por la propia vida, por el bien de uno
mismo y por el de un buen amigo. Pongamos como ejemplo las veces en que
oficialmente se anunciaba que se iba a trasladar a unos cuantos prisioneros a
un campo de concentración, pero no era muy difícil adivinar que el destino
final de todos ellos sería sin duda la cámara de gas. Se seleccionaba a los más
enfermos o agotados, incapaces de trabajar, y se les enviaba a alguno de los
campos centrales equipados con cámaras de gas y crematorios. El proceso de
selección era la señal para una abierta lucha entre los compañeros o entre un
grupo contra otro. Lo único que importaba es que el nombre de uno o el del
amigo fuera tachado de la lista de las víctimas aunque todos sabían que por cada
hombre que se salvaba se condenaba a otro. En cada traslado tenía que haber un
número determinado de pasajeros, quien fuera no importaba tanto, puesto que
cada uno de ellos no era más que un número y así era como constaban en las
listas. Al entrar en el campo se les quitaban todos los documentos y objetos
personales (al menos ése era el método seguido en Auschwitz), por consiguiente
cada prisionero tenía la oportunidad de adoptar un nombre o una profesión
falsos y lo cierto es que por varias razones muchos lo hacían. A las
autoridades lo único que les importaba eran los números de los prisioneros;
muchas veces estos números se tatuaban en la piel y, además, había que
llevarlos cosidos en determinada parte de los pantalones, de la chaqueta o del
abrigo. A ningún guardián
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que quisiera llevar una queja sobre un prisionero —casi siempre por
"pereza"— se le hubiera ocurrido nunca preguntarle su nombre; no
tenía más que echar una ojeada al número (¡y cómo temíamos esas miradas por las
posibles consecuencias!) y anotarlo en su libreta. Volvamos al convoy a punto
de partir. No había tiempo para consideraciones morales o éticas, ni tampoco el
deseo de hacerlas. Un solo pensamiento animaba a los prisioneros: mantenerse
con vida para volver con la familia que los esperaba en casa y salvar a sus
amigos; por consiguiente, no dudaban ni un momento en arreglar las cosas para
que otro prisionero, otro "numero", ocupara su puesto en la
expedición. De lo expuesto hasta ahora se desprende que el proceso para
seleccionar a los "capos" era de tipo negativo; para este trabajo se
elegía únicamente a los más brutales (aunque había algunas felices
excepciones). Además de la selección de los "capos", que corría a
cargo de las SS y que era de tipo activo, se daba una especie de proceso
continuado de autoselección pasiva entre todos los prisioneros. Por lo general,
sólo se mantenían vivos aquellos prisioneros que tras varios años de dar tumbos
de campo en campo, habían perdido todos sus escrúpulos en la lucha por la
existencia; los que estaban dispuestos a recurrir a cualquier medio, fuera
honrado o de otro tipo, incluidos la fuerza bruta, el robo, la traición o lo
que fuera con tal de salvarse. Los que hemos vuelto de allí gracias a multitud
de casualidades fortuitas o milagros —como cada cual prefiera llamarlos— lo
sabemos bien: los mejores de entre nosotros no regresaron.
El informe del prisionero n.° 119.104: ensayo psicológico
Este relato trata de mis experiencias como prisionero común, pues es
importante que diga, no sin orgullo, que yo no estuve trabajando en el campo
como psiquiatra, ni siquiera como médico, excepto en las últimas semanas. Unos
pocos de mis colegas fueron lo bastante afortunados como para estar empleados
en los rudimentarios puestos de primeros auxilios
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aplicando vendajes hechos de tiras de papel de desecho. Yo era un
prisionero más, el número 119.104, y la mayor parte del tiempo estuve cavando y
tendiendo traviesas para el ferrocarril. En una ocasión mi trabajo consistió en
cavar un túnel, sin ayuda, para colocar una cañería bajo una carretera. Este
hecho no quedó sin recompensa, y así justamente antes de las Navidades de 1944
me encontré con el regalo de los llamados "cupones de premio", de
parte de la empresa constructora a la que prácticamente habíamos sido vendidos
como esclavos: la empresa pagaba a las autoridades del campo un precio fijo por
día y prisionero. Los cupones costaban a la empresa 50 Pfenning cada uno y
podían canjearse por seis cigarrillos, muchas veces varias semanas después, si
bien a menudo perdían su validez. Me convertí así en el orgulloso propietario
de dos cupones por valor de doce cigarrillos, aunque lo más importante era que
los cigarrillos se podían cambiar por doce raciones de sopa y esta sopa podía
ser un verdadero respiro frente a la inanición durante dos semanas. El
privilegio de fumar cigarrillos le estaba reservado a los "capos",
que tenían asegurada su cuota semanal de cupones; o quizás al prisionero que
trabajaba como capataz en un almacén o en un taller y recibía cigarrillos a
cambio de realizar tareas peligrosas. Las únicas excepciones eran las de
aquellos que habían perdido la voluntad de vivir y querían
"disfrutar" de sus últimos días. De modo que cuando veíamos a un
camarada fumar sus propios cigarrillos en vez de cambiarlos por alimentos, ya
sabíamos que había renunciado a confiar en su fuerza para seguir adelante y
que, una vez perdida la voluntad de vivir, rara vez se recobraba. Lo que
realmente importa ahora es determinar el verdadero sentido de esta empresa.
Muchos recuentos y datos sobre los campos de concentración ya están en los
archivos. En esta ocasión, los hechos se considerarán significativos en cuanto
formen parte de la experiencia humana. Lo que este ensayo intenta describir es
la naturaleza exacta de dichas experiencias; para los que estuvieron internados
en aquellos campos se trata de explicar estas experiencias a la luz de los
actuales conocimientos y a los que nunca estuvieron dentro puede ayudarles a
aprehender y, sobre todo a entender, las experiencias por las que atravesaron
ese porcentaje excesivamente reducido de los
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prisioneros supervivientes y su peculiar y, desde el punto de vista de
la psicología, totalmente nueva actitud frente a la vida. Estos antiguos
prisioneros suelen decir: "No nos gusta hablar de nuestras experiencias.
Los que estuvieron dentro no necesitan de estas explicaciones y los demás no
entenderían ni cómo nos sentimos entonces ni cómo nos sentimos ahora." Es
difícil intentar una presentación metódica del tema, ya que la psicología exige
un cierto distanciamiento científico. ¿Pero es que el hombre que hace sus
observaciones mientras está prisionero puede tener ese distanciamiento
necesario? Sólo los que son ajenos al caso pueden garantizarlo, pero es mucha
su lejanía para que lo que puedan decir sea realmente válido. Únicamente el que
ha estado dentro sabe lo que pasó, aunque sus juicios tal vez no sean del todo
objetivos y sus estimaciones sean quizá desproporcionadas al faltarle ese
distanciamiento. Es preciso hacer lo imposible para no caer en la parcialidad
personal, y ésta es la gran dificultad que encierra este tipo de obras: a veces
se hará necesario tener valor para contar experiencias muy íntimas. El
auténtico peligro de un ensayo psicológico de este tipo no estriba en la
posibilidad de que reciba un tono personal, sino en que reciba un tinte
tendencioso. Dejaré a otros la tarea de decantar hasta la impersonalidad los
contenidos de este libro al objeto de obtener teorías objetivas a partir de
experiencias subjetivas, que puedan suponer una aportación a la psicología o
psicopatología de la vida en cautiverio, investigada después de la primera
guerra mundial, y que nos hizo conocer el síndrome de la "enfermedad de la
alambrada de púas". Debemos a la segunda guerra mundial el haber
enriquecido nuestros conocimientos sobre la "psicopatología de las
masas" (si puedo citar esta variante de la conocida frase que es el título
de un libro de LeBon), al regalarnos la guerra de nervios y la vivencia única e
inolvidable de los campos de concentración. Llegado a este punto desearía hacer
una observación. En un principio traté de escribir este libro de manera
anónima, utilizando tan solo mi número de prisionero. A ello me impulsó mi
aversión al exhibicionismo. Una vez terminado el manuscrito
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comprendí que el anonimato le haría perder la mitad de su valor, ya que
la valentía de la confesión eleva el valor de los hechos. Decidí expresar mis
convicciones con franqueza, y por esta razón me abstuve de suprimir algunos de
los pasajes, venciendo incluso mi desagrado hacia el exhibicionismo.
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PRIMERA FASE: INTERNAMIENTO EN EL CAMPO
Al examinar e intentar ordenar la gran cantidad de material recogido
como resultado de las numerosas observaciones y experiencias de los prisioneros,
cabe distinguir tres fases en las reacciones mentales de los internados en un
campo de concentración: la fase que sigue a su internamiento, la fase de la
auténtica vida en el campo y la fase siguiente a su liberación.
Estación Auschwitz
El síntoma que caracteriza la primera fase es el shock. Bajo ciertas
condiciones el shock puede incluso preceder a la admisión formal del prisionero
en el campo. Ofreceré, como ejemplo, las circunstancias de mi propio
internamiento. Unas 1500 personas estuvimos viajando en tren varios días con
sus correspondientes noches; en cada vagón éramos unos 80. Todos teníamos que
tendernos encima de nuestro equipaje, lo poco que nos quedaba de nuestras
pertenencias. Los coches estaban tan abarrotados que sólo quedaba libre la
parte superior de las ventanillas por donde pasaba la claridad gris del
amanecer. Todos creíamos que el tren se encaminaba hacia una fábrica de
municiones en donde nos emplearían como fuerza salarial. No sabíamos dónde nos
encontrábamos ni si todavía estábamos en Silesia o ya habíamos entrado en
Polonia. El silbato de la locomotora tenía un sonido misterioso, como si
enviara un grito de socorro en conmiseración del desdichado cargamento que iba
destinado a la perdición. Entonces el tren hizo una maniobra, nos acercábamos
sin duda a una estación principal. Y, de pronto, un grito se escapó de los
angustiados pasajeros: "¡Hay una señal, Auschwitz!" Su solo nombre
evocaba todo lo que hay de horrible en el mundo: cámaras de gas, hornos crematorios,
matanzas indiscriminadas. El tren avanzaba muy despacio, se diría que
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estaba indeciso, como si quisiera evitar a sus pasajeros, cuanto fuera
posible, la atroz constatación: ¡Auschwitz! A medida que iba amaneciendo se
hacían visibles los perfiles de un inmenso campo: la larga extensión de la
cerca de varias hileras de alambrada espinosa; las torres de observación; los
focos y las interminables columnas de harapientas figuras humanas, pardas a la
luz grisácea del amanecer, arrastrándose por los desolados campos hacia un
destino desconocido. Se oían voces aisladas y silbatos de mando, pero no
sabíamos lo que querían decir. Mi imaginación me llevaba a ver horcas con gente
colgando de ellas. Me estremecí de horror, pero no andaba muy desencaminado, ya
que paso a paso nos fuimos acostumbrando a un horror inmenso y terrible. A su
debido tiempo entramos en la estación. El silencio inicial fue interrumpido por
voces de mando: a partir de entonces íbamos a escuchar aquellas voces ásperas y
chillonas una y otra vez, en todos los campos. Sonaban igual que el último
grito de una víctima, y sin embargo había cierta diferencia: eran roncas,
cortantes, como si vinieran de la garganta de un hombre que tuviera que estar
gritando así sin parar, un hombre al que asesinaran una y otra vez... Las
portezuelas del vagón se abrieron de golpe y un pequeño destacamento de
prisioneros entró alborotando. Llevaban uniformes rayados, tenían la cabeza
afeitada, pero parecían bien alimentados. Hablaban en todas las lenguas
europeas imaginables y todos parecían conservar cierto humor, que bajo tales
circunstancias sonaba grotesco. Como el hombre que se ahoga y se agarra a una
paja, mi innato optimismo (que tantas veces me había ayudado a controlar mis
sentimientos aun en las situaciones más desesperadas) se aferró a este
pensamiento: los prisioneros tienen buen aspecto, parecen estar de buen humor,
incluso se ríen, ¿quién sabe? Tal vez consiga compartir su favorable posición.
Hay en psiquiatría un estado de ánimo que se conoce como la "ilusión del
indulto", según el cual el condenado a muerte, en el instante antes de su
ejecución, concibe la ilusión de que le indultarán en el último segundo.
También nosotros nos agarrábamos a los jirones de esperanza y hasta el último
momento creímos que no todo sería tan malo. La sola vista de las
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mejillas sonrosadas y los rostros redondos de aquellos prisioneros
resultaba un gran estímulo. Poco sabíamos entonces que componían un grupo
especialmente seleccionado que durante años habían sido el comité de recepción
de las nuevas expediciones de prisioneros que llegaban a la estación un día
tras otro. Se hicieron cargo de los recién llegados y de su equipaje, incluidos
los escasos objetos personales y las alhajas de contrabando. Auschwitz debe
haber sido un extraño lugar en aquella Europa de los últimos años de la guerra,
un lugar repleto de tesoros inmensos en oro y plata, platino y diamantes,
depositados en sus enormes almacenes, sin contar los que estaban en manos de
las SS. A la espera de trasladarlos a otros campos más pequeños, metieron a
1100 prisioneros en una barraca construida para albergar probablemente a unas
doscientas personas como máximo. Teníamos hambre y frío y no había espacio
suficiente ni para sentarnos en cuclillas en el suelo desnudo, no digamos ya
para tendernos. Durante cuatro días, nuestro único alimento consistió en un
trozo de pan de unos 150 gramos. Pero yo oí a los prisioneros más antiguos que
estaban a cargo de la barraca regatear, con uno de los componentes del comité
de recepción, por un alfiler de corbata de platino y diamantes. Al final, la
mayor parte de las ganancias se convertían en tragos de aguardiente. No me
acuerdo ya de cuántos miles de marcos se necesitaban para comprar la cantidad
de Schnaps necesaria para pasar una "tarde alegre", pero sí sé que
los prisioneros veteranos necesitaban esos tragos. ¿Quién podría culparles de
tratar de drogarse bajo tales circunstancias? Había otro grupo de prisioneros
que conseguían aguardiente de las SS casi sin limitación alguna: eran los
hombres que trabajaban en las cámaras de gas y en los crematorios y que sabían
muy bien que cualquier día serían relevados por otra remesa y tendrían que
dejar su obligado papel de ejecutores para convertirse en víctimas.
La primera selección
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Creo que todos los que formaban parte de nuestra expedición vivían con
la ilusión de que seríamos liberados, de que, al final, todo iba a salir muy
bien. No nos dábamos cuenta del significado que encerraba la escena que expongo
a continuación. Hasta la tarde no comprendimos su sentido. Nos dijeron que dejáramos
nuestro equipaje en el tren y que formáramos dos filas, una de mujeres y otra
de hombres, y que desfiláramos ante un oficial de las SS. Por sorprendente que
parezca, tuve el valor de esconder mi macuto debajo del abrigo. Uno a uno, los
hombres pasamos ante el oficial. Me daba cuenta del peligro que corría si el
oficial localizaba mi saco. Lo menos que haría sería derribarme al suelo de una
bofetada; lo sabía por propia experiencia. Instintivamente, al irme aproximando
a él me enderecé de modo que no se diera cuenta de mi pesada carga. Ahora lo
tenía frente a frente. Era un hombre alto y delgado y llevaba un uniforme
impecable que le sentaba perfectamente. ¡Qué contraste con nosotros, todos
sucios y mugrientos después de tan largo viaje! Había adoptado una actitud de
aparente descuido sujetándose el codo derecho con la mano izquierda. Ninguno de
nosotros tenía la más remota idea del siniestro significado que se ocultaba
tras aquel pequeño movimiento de su dedo que señalaba unas veces a la izquierda
y otras a la derecha, pero sobre todo a la derecha. Tocaba mi turno. Alguien me
susurró que si nos enviaban a la derecha ("desde el punto de vista del
espectador") significaba trabajos forzados, mientras que la dirección a la
izquierda era para los enfermos e incapaces de trabajar, a quienes enviaban a
otro campo. No podía hacer otra cosa que dejar que las cosas siguieran su
curso, como así sería a partir de entonces muchas veces más. El macuto me
pesaba y me obligaba a ladearme hacia la izquierda, pero hice un esfuerzo para
caminar erguido. El hombre de las SS me miró de arriba abajo y pareció dudar;
después puso sus dos manos sobre mis hombros. Intenté con todas mis fuerzas
parecer distinguido: me hizo girar hasta que quedé frente al lado derecho y
seguí andando en aquella dirección. Por la tarde nos explicaron la
significación del juego del dedo. Se trataba de la primera selección, el primer
veredicto sobre
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nuestra existencia o no existencia. Para la gran mayoría de aquella
expedición, cerca de un 90%, significó la muerte; la sentencia se ejecutó en
las horas siguientes. Los que fueron enviados hacia la izquierda marcharon
directamente desde la estación al crematorio. Dicho edificio, según me contó un
prisionero que trabajaba allí, tenía escrito sobre sus puertas en varios
idiomas europeos, la palabra "baño". Al entrar, a cada prisionero se
le entregaba una pastilla de jabón y después..., pero gracias a Dios no
necesito relatar lo que sucedía después. Muchos han escrito ya sobre tanto
horror. Los que nos habíamos salvado, la minoría de nuestra expedición, supo
aquella tarde la verdad. Pregunté a los prisioneros que llevaban allí algún
tiempo a dónde podrían haber enviado a mi amigo y colega P. "¿Lo mandaron
hacia la izquierda?" "Sí", repliqué. "Entonces puede verle
allí", me dijeron. "¿Dónde?" La mano señalaba la chimenea que
había a unos cuantos cientos de yardas y que arrojaba al cielo gris de Polonia
una llamarada de fuego que se disolvía en una siniestra nube de humo.
"Allí es donde está su amigo, elevándose hacia el cielo", fue su
respuesta. Pero entonces todavía no comprendía lo que quería decir hasta que me
revelaron la verdad con toda su crudeza. Pero me estoy adelantando al contar
las cosas. Desde un punto de vista psicológico, teníamos un largo, muy largo,
camino por delante desde que pusimos el pie en la estación hasta nuestra
primera noche en el campo. Escoltados por los guardias de las SS que iban
cargados con pesados fusiles, nos hicieron recorrer a paso ligero el camino que
desde la estación atravesaba la alambrada electrificada y el campo, hasta
llegar al pabellón de desinfección; para aquellos de nosotros que habíamos
pasado la primera selección, fue un auténtico baño. Una vez más se vio
confirmada nuestra ilusión de salvarnos. Los hombres de las SS parecían casi
casi encantadores. Pronto supimos por qué: eran amables con nosotros mientras
teníamos nuestros relojes de pulsera y nos podían persuadir, en todos los tonos
y maneras, para que se los entregáramos. ¿Acaso no habíamos perdido ya
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todo lo que poseíamos? ¿Por qué no habíamos de dar nuestro reloj a
aquellas personas relativamente agradables? Tal vez algún día nos lo
devolverían con creces.
Desinfección
Esperamos en un cobertizo que parecía ser la antesala de la cámara de
desinfección. Los hombres de las SS aparecieron y extendieron unas mantas sobre
las que teníamos que echar todo lo que llevábamos encima: relojes y joyas.
Todavía había entre nosotros unos cuantos ingenuos que preguntaron, para
regocijo de los más avezados que actuaban de ayudantes, si no podían conservar
su anillo de casados, una medalla o algún amuleto de oro. Nadie podía aceptar
todavía el hecho de que todo, absolutamente todo, se lo llevarían. Intenté
ganarme la confianza de uno de los prisioneros de más edad. Acercándome a él
furtivamente, señalé el rollo de papel en el bolsillo interior de mi chaqueta y
dije: "Mira, es el manuscrito de un libro científico. Ya sé lo que vas a
decir: que debo estar agradecido de salvar la vida, que eso es todo cuanto puedo
esperar del destino. Pero no puedo evitarlo, tengo que conservar este
manuscrito a toda costa: contiene la obra de mi vida. ¿Comprendes lo que quiero
decir?" Sí, empezaba a comprender. Lentamente, en su rostro se fue
dibujando una mueca, primero de piedad, luego se mostró divertido, burlón,
insultante, hasta que rugió una palabra en respuesta a mi pregunta, una palabra
que siempre estaba presente en el vocabulario de los internados en el campo:
"¡Mierda!" Y en ese momento toda la verdad se hizo patente ante mí e
hice lo que constituyó el punto culminante de la primera fase de mi reacción
psicológica: borré de mi conciencia toda vida anterior. De pronto se produjo
cierto revuelo entre mis compañeros de viaje, que hasta ese momento permanecían
de pie con los rostros pálidos, asustados, debatiéndose sin esperanza. Otra vez
oíamos gritar, dando órdenes, a aquellas voces roncas. A empujones, nos
condujeron a la antesala inmediata a los baños. Allí nos
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agrupamos en torno a un hombre de las SS que esperó hasta que todos
hubimos llegado. Entonces dijo: "Os daré dos minutos y mediré el tiempo
por mi reloj. En estos dos minutos os desnudaréis por completo y dejaréis en el
suelo, junto a vosotros, todas vuestras ropas. No podéis llevar nada con
vosotros a excepción de los zapatos, el cinturón, las gafas y, en todo caso, el
braguero. Empiezo a contar: ¡ahora!" Con una rapidez impensable, la gente
se fue desnudando. Según pasaba el tiempo, cada vez se ponían más nerviosos y
tiraban torpemente de su ropa interior, sin acertar con los cinturones ni con
los cordones de los zapatos. Fue entonces cuando oímos los primeros restallidos
del látigo; las correas de cuero azotaron los cuerpos desnudos. A continuación
nos empujaron a otra habitación para afeitarnos: no se conformaron solamente
con rasurar nuestras cabezas, sino que no dejaron ni un solo pelo en nuestros
cuerpos. Seguidamente pasamos a las duchas, donde nos volvieron a alinear. A
duras penas nos reconocimos; pero, con gran alivio, algunos constataban que de
las duchas salía agua de verdad...
Nuestra única posesión: la existencia desnuda
Mientras esperábamos a ducharnos, nuestra desnudez se nos hizo patente:
nada teníamos ya salvo nuestros cuerpos mondos y lirondos (incluso sin pelo);
literalmente hablando, lo único que poseíamos era nuestra existencia desnuda.
¿Qué otra cosa nos quedaba que pudiera ser un nexo material con nuestra
existencia anterior? Por lo que a mí se refiere, tenía mis gafas y mi cinturón,
que posteriormente hube de cambiar por un pedazo de pan. A los que tenían
braguero les estaba reservada todavía una pequeña sorpresa más. Por la tarde,
el prisionero veterano que estaba a cargo de nuestro barracón nos dio la
bienvenida con un discursito en el que nos aseguró bajo su palabra de honor
que, personalmente, colgaría "de aquella viga" —y señaló hacia ella—
a cualquiera que hubiera cosido dinero o piedras preciosas a su braguero. Y
orgullosamente explicó que, como veterano que era,
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las leyes del campo le daban derecho a hacerlo. Con los zapatos hubo
también sus más y sus menos. Aunque se suponía que los conservaríamos, los que
poseían un par medio decente tuvieron que entregarlos y, a cambio, les dieron
otros zapatos que no les servían. Pero los que estaban en verdadera dificultad
eran los prisioneros que habían seguido el consejo aparentemente bien
intencionado que les dieron (en la antesala) los prisioneros veteranos y habían
cortado las botas altas y untado después jabón en los bordes para ocultar el
sabotaje. Los hombres de las SS parecían estar esperándolo. Todos los
sospechosos de tal delito pasaron a una pequeña habitación contigua. Al cabo de
un rato volvimos a oír los azotes del látigo y los gritos de los hombres
torturados. Esta vez el castigo duró bastante tiempo.
Las primeras reacciones
Las ilusiones que algunos de nosotros conservábamos todavía las fuimos
perdiendo una a una; entonces, casi inesperadamente, muchos de nosotros nos
sentimos embargados por un humor macabro. Supimos que nada teníamos que perder
como no fueran nuestras vidas tan ridículamente desnudas. Cuando las duchas
empezaron a correr, hicimos de tripas corazón e intentamos bromear sobre
nosotros mismos y entre nosotros. ¡Después de todo sobre nuestras espaldas caía
agua de verdad!... Aparte de aquella extraña clase de humor, otra sensación se
apoderó de nosotros: la curiosidad. Yo había experimentado ya antes este tipo
de curiosidad como reacción fundamental ante ciertas circunstancias extrañas.
Cuando en una ocasión estuve a punto de perder la vida en un accidente de
montañismo, en el momento crítico, durante segundos (o tal vez milésimas de
segundo) sólo tuve una sensación: curiosidad, curiosidad sobre si saldría con
vida o con el cráneo fracturado o cualquier otro percance. Una fría curiosidad
era lo que predominaba incluso en Auschwitz, algo que separaba la mente de todo
lo que la rodeaba
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y la obligaba a contemplarlo todo con una especie de objetividad. Al
llegar a este punto, cultivábamos este estado de ánimo como medida de
protección. Estábamos ansiosos por saber lo que sucedería a continuación y qué
consecuencias nos traería, por ejemplo, estar de pie a la intemperie, en el
frío de finales de otoño, completamente desnudos y todavía mojados por el agua
de la ducha. A los pocos días nuestra curiosidad se tornó en sorpresa, la
sorpresa de ver que no nos habíamos resfriado. A los recién llegados nos
estaban reservadas todavía muchas sorpresas de este tipo. Los médicos que había
en nuestro grupo fuimos los primeros en aprender que los libros de texto
mienten. En alguna parte se ha dicho que si no duerme un determinado número de
horas, el hombre no puede vivir. ¡Mentira! Yo había vivido convencido de que
existían unas cuantas cosas que sencillamente no podía hacer: no podía dormir
sin esto, o no podía vivir sin aquello. La primera noche en Auschwitz dormimos
en literas de tres pisos. En cada litera (que medía aproximadamente 2 X 2,5 m)
dormían nueve hombres, directamente sobre los tablones. Para cada nueve había
dos mantas. Claro está que sólo podíamos tendernos de costado, apretujados y
amontonados los unos contra los otros, lo que tenía ciertas ventajas a causa
del frío que penetraba hasta los huesos. Aunque estaba prohibido subir los
zapatos a las literas, algunos los utilizaban como almohadas a pesar de estar cubiertos
de lodo. Si no, la cabeza de uno tenía que descansar en el pliegue de un brazo
casi dislocado. Y aún así, el sueño venía y traía olvido y alivio al dolor
durante unas pocas horas. Me gustaría mencionar algunas sorpresas más acerca de
lo que éramos capaces de soportar: no podíamos limpiarnos los dientes y, sin
embargo y a pesar de la fuerte carencia vitamínica, nuestras encías estaban más
saludables que antes. Teníamos que llevar la misma camisa durante medio año,
hasta que perdía la apariencia de tal. Pasaban muchos días seguidos sin
lavarnos ni siquiera parcialmente, porque se helaban las cañerías de agua y,
sin embargo, las llagas y heridas de las manos sucias por el trabajo de la
tierra no supuraban (es decir, a menos que se congelaran). O, por ejemplo,
aquel que tenía el sueño ligero y al
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que molestaba el más mínimo ruido en la habitación contigua, se acostaba
ahora apretujado junto a un camarada que roncaba ruidosamente a pocas pulgadas
de su oído y, sin embargo, dormía profundamente a pesar del ruido. Si alguien
nos preguntara sobre la verdad de la afirmación de Dostoyevski que asegura
terminantemente que el hombre es un ser que puede ser utilizado para cualquier
cosa, contestaríamos: "Cierto, para cualquier cosa, pero no nos preguntéis
cómo".
¿“Lanzarse contra la alambrada''?
Nuestro ensayo psicológico no nos ha llevado tan lejos todavía; ni
tampoco nosotros los prisioneros estábamos entonces en condiciones de saberlo.
Aún nos hallábamos en la primera fase de nuestras reacciones psicológicas. Lo
desesperado de la situación, la amenaza de la muerte que día tras día, hora
tras hora, minuto tras minuto se cernía sobre nosotros, la proximidad de la
muerte de otros —la mayoría— hacía que casi todos, aunque fuera por breve
tiempo, abrigasen el pensamiento de suicidarse. Fruto de las convicciones
personales que más tarde mencionaré, la primera noche que pasé en el campo me
hice a mí mismo la promesa de que no "me lanzaría contra la
alambrada". Esta era la frase que se utilizaba en el campo para describir
el método de suicidio más popular: tocar la cerca de alambre electrificada.
Esta decisión negativa de no lanzarse contra la alambrada no era difícil de
tomar en Auschwitz. Ni tampoco tenía objeto alguno el suicidarse, ya que para
el término medio de los prisioneros, las expectativas de vida, consideradas
objetivamente y aplicando el cálculo de probabilidades, eran muy escasas.
Ninguno de nosotros podía tener la seguridad de aspirar a encontrarse en el
pequeño porcentaje de hombres que sobrevivirían a todas las selecciones. En la
primera fase del shock, el prisionero de Auschwitz no temía la muerte. Pasados
los primeros días, incluso las cámaras de gas perdían para él todo su horror;
al fin y al cabo, le ahorraban el acto de suicidarse. Compañeros a quienes he
encontrado más tarde me han
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asegurado que yo no fui uno de los más deprimidos tras el shock del
internamiento. Recuerdo que me limité a sonreír y, muy sinceramente, cuando
ocurrió este episodio la mañana siguiente a nuestra primera noche en Auschwitz.
A pesar de las órdenes estrictas de no salir de nuestros barracones, un colega
que había llegado a Auschwitz unas semanas antes se coló en el nuestro. Quería
calmarnos y tranquilizarnos y nos contó algunas cosas. Había adelgazado tanto
que, al principio, no le reconocí. Con un tinte de buen humor y una actitud
despreocupada nos dio unos cuantos consejos apresurados: "¡No tengáis
miedo! ¡No temáis las selecciones! El Dr. M. (jefe sanitario de las SS) tiene
cierta debilidad por los médicos." (Esto era falso; las amables palabras
de mi amigo no correspondían a la verdad. Un prisionero de unos 60 años, médico
de un bloque de barracones, me contó que había suplicado al Dr. M. para que
liberara a su hijo que había sido destinado a la cámara de gas. El Dr. M.
rehusó fríamente ayudarle.) "Pero una cosa os suplico, continuó, que os
afeitéis a diario, completamente si podéis, aunque tengáis que utilizar un
trozo de vidrio para ello... aunque tengáis que desprenderos del último pedazo
de pan. Pareceréis más jóvenes y los arañazos harán que vuestras mejillas
parezcan más lozanas. Si queréis manteneros vivos sólo hay un medio: aplicaros
a vuestro trabajo. Si alguna vez cojeáis, si, por ejemplo, tenéis una pequeña
ampolla en el talón, y un SS lo ve, os apartará a un lado y al día siguiente
podéis asegurar que os mandará a la cámara de gas. ¿Sabéis a quién llamamos
aquí un "musulmán"? Al que tiene un aspecto miserable, por dentro y
por fuera, enfermo y demacrado y es incapaz de realizar trabajos duros por más
tiempo: ése es un "musulmán". Más pronto o más tarde, por regla
general más pronto, el "musulmán" acaba en la cámara de gas. Así que
recordad: debéis afeitaros, andar derechos, caminar con gracia, y no tendréis
por qué temer al gas. Todos los que estáis aquí, aun cuando sólo haga 24 horas,
no tenéis que temer al gas, excepto quizás tú." Y entonces señalando hacia
mí, dijo: "Espero que no te importe que hable con franqueza." Y
repitió a los demás: "De todos vosotros él es el único que debe temer la
próxima selección.
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Así que no os preocupéis." Y yo sonreí. Ahora estoy convencido de
que cualquiera en mi lugar hubiera hecho lo mismo aquel día. Fue Lessing quien
dijo en una ocasión: "Hay cosas que deben haceros perder la razón, o
entonces es que no tenéis ninguna razón que perder." Ante una situación
anormal, la reacción anormal constituye una conducta normal. Aún nosotros, los
psiquiatras, esperamos que los recursos de un hombre ante una situación
anormal, como la de estar internado en un asilo, sean anormales en proporción a
su grado de normalidad. La reacción de un hombre tras su internamiento en un
campo de concentración representa igualmente un estado de ánimo anormal, pero
juzgada objetivamente es normal y, como más tarde demostraré, una reacción
típica dadas las circunstancias.
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SEGUNDA FASE: LA VIDA EN EL CAMPO
Apatía
Las reacciones descritas empezaron a cambiar a los pocos días. El
prisionero pasaba de la primera a la segunda fase, una fase de apatía relativa
en la que llegaba a una especie de muerte emocional. Aparte de las emociones ya
descritas, el prisionero recién llegado experimentaba las torturas de otras
emociones más dolorosas, todas las cuales intentaba amortiguar. La primera de
todas era la añoranza sin límites de su casa y de su familia. A veces era tan
aguda que simplemente se consumía de nostalgia. Seguía después la repugnancia
que le producía toda la fealdad que le rodeaba, incluso en las formas externas
más simples. A muchos de los prisioneros se les entregaba un uniforme andrajoso
que, por comparación, hubiera hecho parecer elegante a un espantapájaros. Entre
los barracones del campo no había nada más que barro y cuanto más se trabajaba
para eliminarlo más se hundía uno en él. Una de las prácticas favoritas
consistía en destacar a un recién llegado en el grupo encargado de limpiar las
letrinas y retirar los excrementos. Si, como solía suceder, parte de éstos le
salpicaba la cara al trasladarlos entre los desniveles del campo, cualquier
signo de asco por parte del prisionero o la intención de quitarse la porquería
de la cara merecía cuando menos un latigazo por parte del "capo",
indignado ante la "delicadeza" del prisionero. De esta forma se
aceleraba la mortificación ante las reacciones normales. Al principio, el
prisionero volvía la cabeza ante las marchas de castigo de otros grupos; no
podía soportar la contemplación de sus compañeros yendo arriba y abajo durante
horas, hundidos en el fango, acompañadas las órdenes de golpes. Unos días o
unas semanas después, las cosas cambiaban. Por la mañana temprano, cuando todavía
estaba oscuro, el prisionero se plantaba frente a la puerta, junto con su
destacamento, listo para marchar. Oía un
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grito y veía tirar a golpes al suelo a un camarada; se volvía a poner de
pie y nuevamente le volvían a derribar al suelo. ¿Y todo por qué? Tenía fiebre,
pero se había presentado a la enfermería en un momento inoportuno. Le
castigaban por tratar de zafarse de sus deberes de esta forma irregular. El
prisionero que se encontraba ya en la segunda fase de sus reacciones
psicológicas no apartaba la vista. Al llegar a ese punto, sus sentimientos se
habían embotado y contemplaba impasible tales escenas. Otro ejemplo: cuando ese
mismo prisionero estaba por la tarde esperando ante la enfermería con la
esperanza de que le concederían dos días de trabajos ligeros dentro del campo a
causa de sus heridas o quizás por el edema o la fiebre, observaba impertérrito
cómo era arrastrado un muchacho de 12 años para el que no había ya zapatos en
el campo y le habían obligado a estar en posición firme durante horas bajo la
nieve o a trabajar a la intemperie con los pies desnudos. Se le habían
congelado los dedos y el médico le arrancaba los negros muñones gangrenados con
tenazas, uno por uno. Asco, piedad y horror eran emociones que nuestro
espectador no podía sentir ya. Los que sufrían, los enfermos, los agonizantes y
los muertos eran cosas tan comunes para él tras unas pocas semanas en el campo
que no le conmovían en absoluto. Estuve algún tiempo en un barracón cuidando a
los enfermos de tifus; los delirios eran frecuentes, pues casi todos los
pacientes estaban agonizando. Apenas acababa de morir uno de ellos y yo
contemplaba sin ningún sobresalto emocional la siguiente escena, que se repetía
una y otra vez con cada fallecimiento. Uno por uno, los prisioneros se
acercaban al cuerpo todavía caliente de su compañero. Uno agarraba los restos
de las hediondas patatas de la comida del mediodía, otro decidía que los
zapatos de madera del cadáver eran mejores que los suyos y se los cambiaba.
Otro hacía lo mismo con el abrigo del muerto y otro se contentaba con
agenciarse —¡Imagínense qué cosa!— un trozo de cuerda auténtica. Y todo esto yo
lo veía impertérrito, sin conmoverme lo más mínimo. Pedía al
"enfermo" que retirara el cadáver. Cuando se decidía a hacerlo, lo cogía
por las piernas, dejaba que se deslizara al estrecho pasillo entre las dos
hileras de tablas que
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constituían las camas de los cincuenta enfermos de tifus y lo arrastraba
por el desigual suelo de tierra hasta la puerta. Los dos escalones que había
que subir para salir al aire libre siempre constituían un problema para
nosotros, que estábamos exhaustos por falta de alimentación. Tras unos cuantos
meses de estancia en el campo, éramos incapaces de subir las escaleras sin
agarrarnos a la puerta para darnos impulso. El hombre que arrastraba el cadáver
se acercaba a los escalones. A duras penas podía subir él; a continuación tenía
que izar el cadáver: primero los pies, luego el tronco y finalmente —con un
ruido extraño— la cabeza del muerto subía botando los dos escalones. Acto
seguido nos distribuían la ración diaria de sopa. Mi sitio estaba en la parte
opuesta del barracón, cerca de la pequeña y única ventana, situada casi a ras
del suelo. Mientras mis frías manos agarraban la taza de sopa caliente de la
que yo sorbía con avidez, miraba por la ventana. El cadáver que acababan de
llevarse me estaba mirando con sus ojos vidriosos; sólo dos Horas antes había
estado hablando con aquel hombre. Yo seguía sorbiendo mi sopa. Si mi falta de
emociones no me hubiera sorprendido desde el punto de vista del interés
profesional, ahora no recordaría este incidente, tal era el escaso sentimiento
que en mí despertaba.
Lo que hace daño
La apatía, el adormecimiento de las emociones y el sentimiento de que a
uno no le importaría ya nunca nada eran los síntomas que se manifestaban en la
segunda etapa de las reacciones psicológicas del prisionero y lo que,
eventualmente, le hacían insensible a los golpes diarios, casi continuos.
Gracias a esta insensibilidad, el prisionero se rodeaba en seguida de un
caparazón protector muy necesario. Los golpes se producían a la mínima
provocación y algunas veces sin razón alguna. Por ejemplo: el pan se repartía
en el lugar donde trabajábamos y teníamos que ponernos en fila para obtenerlo.
En una ocasión, el que estaba detrás de mí se corrió ligeramente hacia un lado
y esta mínima falta de simetría desagradó al guardián de las SS. Yo
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no sabía lo que ocurría en la fila detrás de mí, ni lo que pasaba por la
mente del guardia, pero, de pronto, recibí dos fuertes golpes en la cabeza.
Sólo entonces me di cuenta de que a mi lado había un guardia y que estaba
usando su vara. En tales momentos no es ya el dolor físico lo que más nos hiere
(y esto se aplica tanto a los adultos como a los niños); es la agonía mental
causada por la injusticia, por lo irracional de todo aquello. Por extraño que
parezca, un golpe que incluso no acierte a dar, puede, bajo ciertas
circunstancias, herirnos más que uno que atine en el blanco. Una vez estaba de
pie junto a la vía del ferrocarril bajo una tormenta de nieve. A pesar del
temporal nuestra cuadrilla tenía que seguir trabajando. Trabajé con bastante
ahínco, repasando la vía con grava, ya que era la única forma de entrar en
calor. Durante unos breves instantes hice una pausa para tomar aliento y
apoyarme sobre la pala. Por desgracia, el guardia se dio entonces media vuelta
y pensó que yo estaba holgazaneando. El dolor que me causó no fue por sus
insultos o sus golpes. El guardia decidió que no valía la pena gastar su tiempo
en decir ni una palabra, ni lanzar un juramento contra aquel cuerpo andrajoso y
demacrado que tenía delante de él y que, probablemente, apenas le recordaba al
de una figura humana. En vez de ello, cogió una piedra alegremente y la lanzó
contra mí. A mí, aquello me pareció una forma de atraer la atención de una
bestia, de inducir a un animal doméstico a que realice su trabajo, una criatura
con la que se tiene tan poco en común que ni siquiera hay que molestarse en
castigarla.
El insulto
El aspecto más doloroso de los golpes es el insulto que incluyen. En una
ocasión teníamos que arrastrar unas cuantas traviesas largas y pesadas sobre
las vías heladas. Si un hombre resbalaba, no sólo corría peligro él, sino todos
los que cargaban la misma traviesa. Un antiguo amigo mío tenía una cadera
dislocada de nacimiento. Podía estar contento de trabajar a pesar del defecto,
ya que los que padecían algún defecto físico era casi
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seguro que los enviaban a morir en la primera selección. Mi amigo se bamboleaba
sobre el raíl con aquella traviesa especialmente pesada y estaba a punto de
caerse y arrastrar a los demás con él. En aquel momento yo no arrastraba
ninguna traviesa, así que salté a ayudarle sin pararme a pensar. Inmediatamente
sentí un golpe en la espalda, un duro castigo, y me ordenaron regresar a mi
puesto. Unos pocos minutos antes el guardia que me golpeó nos había dicho
despectivamente que los "cerdos" como nosotros no teníamos espíritu
de compañerismo. En otra ocasión y a una temperatura de menos de veinte grados
centígrados empezamos a cavar el suelo del bosque, que estaba helado, para
tender unas cañerías. Para entonces ya me había debilitado mucho físicamente.
Vi venir a un capataz con sus rechonchas mejillas sonrosadas. Su cara recordaba
inevitablemente la cabeza de un cerdo. Me fijé, con envidia, en sus cálidos
guantes, mientras pensaba que nosotros teníamos que trabajar con las manos
desnudas y sin ninguna prenda de abrigo, como su chaqueta de cuero forrada de
piel, bajo aquel frío tan intenso. Durante un momento me observó en silencio.
Sentí que se mascaba la tragedia, ya que junto a mí tenía el montón de tierra
que mostraba exactamente lo poco que había cavado. Entonces: "Tú, cerdo,
te vengo observando todo el tiempo. Yo te enseñaré a trabajar. Espera a ver
como cavas la tierra con los dientes, morirás como un animal. ¡En dos días
habré acabado contigo! No has debido dar golpe en toda tu vida. ¿Qué eras tú,
puerco, un hombre de negocios?" Ya había dejado de importarme todo. Pero
tenía que tomar en serio esta amenaza de muerte, así que saqué todas mis
fuerzas y le miré directamente a los ojos: "Era médico especialista."
"¿Qué? ¿Un médico? Apuesto a que les cobrabas un montón de dinero a tus
pacientes." "La verdad es que la mayor parte de mi trabajo lo hacía
sin cobrar nada, en las clínicas para pobres." Al llegar aquí, comprendí
que había dicho demasiado. Se arrojó sobre mí y me derribó al suelo gritando
como un energúmeno. No puedo recordar lo que gritaba.
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Afortunadamente el "capo" de mi cuadrilla se sentía obligado
hacia mí; sentía hacia mí cierta simpatía porque yo escuchaba sus historias de
amor y sus dificultades matrimoniales, que me contaba en las largas caminatas a
nuestro lugar de trabajo. Le había causado cierta impresión con mi diagnosis
sobre su carácter y mi consejo psicoterapéutico. A partir de este momento me
estaba agradecido y ello me fue de mucho valor. En ocasiones anteriores me
había reservado un puesto junto a él en las cinco primeras hileras de nuestro
destacamento, que normalmente componían 280 hombres. Era un favor muy
importante. Teníamos que alinearnos por la mañana muy temprano cuando todavía
estaba oscuro. Todo el mundo tenía miedo de llegar tarde y tener que quedarse
en las hileras de la cola. Si se necesitaban hombres para hacer un trabajo
desagradable, el jefe de los "capo" solía reclutar a los hombres que
necesitaba de entre los de las últimas filas. Estos hombres tenían que marchar
lejos a otro tipo de trabajo, especialmente temido, a las órdenes de guardias
desconocidos. De vez en cuando, el "capo" elegía a los hombres de las
primeras cinco filas para sorprender a los que se pasaban de listos. Todas las
protestas y súplicas eran silenciadas con unos cuantos puntapiés que daban en
el blanco y las víctimas de su elección eran llevadas al lugar de reunión a
base de gritos y golpes. Ahora bien, mientras duraron las confesiones de mi
"capo", nunca me sucedió eso a mí. Tenía garantizado un puesto de
honor junto a él, lo que comportaba además otra ventaja. Como casi todos los
que estaban internados en el campo, yo padecía edema de hambre. Mis piernas
estaban tan hinchadas y la piel tan tirante que apenas podía doblar las
rodillas. No podía atarme los zapatos si quería que cupieran en ellos mis pies
hinchados. No hubiera quedado espacio para los calcetines aun cuando los
hubiera tenido. Mis pies parcialmente desnudos estaban siempre mojados y los
zapatos llenos de nieve. Ello me producía, naturalmente, congelaciones y
sabañones. Cada paso que daba constituía una verdadera tortura. Durante las
largas marchas sobre los campos nevados se formaban en nuestros zapatos
carámbanos de hielo. Una y otra vez los hombres resbalaban y los que les
seguían tropezaban y caían encima de ellos. Entonces la columna se
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detenía unos momentos, no demasiados. Pronto entraba en acción uno de
los guardias y golpeaba a los hombres con la culata de su rifle, haciendo que
se levantaran rápidamente. Cuanto más adelantado se estuviera en la columna,
menos probabilidades tenías de detenerte y de tener que recuperar después la
distancia perdida corriendo con los pies doloridos. ¡Qué agradecido debía
sentirme por haber sido designado médico personal de su señoría el
"capo" y por marchar en cabeza a un paso regular! Como pago adicional
a mis servicios, yo podía estar seguro de que mientras en nuestro lugar de
trabajo se repartiera un plato de sopa a la hora de comer, cuando llegara mi
turno, él metería el cacillo hasta el fondo del perol para pescar unas pocas
habichuelas. Este mismo "capo", que anteriormente había sido oficial
del ejército, se había atrevido a musitar al capataz, aquel que se había
irritado conmigo, que me consideraba un trabajador excepcionalmente bueno. No
es que esto me ayudara mucho, pero sí sirvió para salvarme la vida (una de las
muchas veces que se salvaría). Al día siguiente del episodio con el capataz el
"capo" me metió de contrabando en otra cuadrilla de trabajo. Con este
suceso, aparentemente trivial, quiero mostrar que hay momentos en que la indignación
puede surgir incluso en un prisionero aparentemente endurecido, indignación no
causada por la crueldad o el dolor, sino por el insulto al que va unido.
Aquella vez, la sangre se me agolpó en la cabeza por verme obligado a escuchar
a un hombre que juzgaba mi vida sin tener la más remota idea de cómo era yo, un
hombre (debo confesarlo: la observación que expongo seguidamente la hice a mis
compañeros de prisión tras la escena, lo que me produjo un cierto alivio
infantil) "que parecía tan vulgar y tan brutal que la enfermera de la sala
de espera de nuestro hospital ni siquiera le hubiera permitido pasar".
Había también capataces que se preocupaban por nosotros y hacían cuanto podían
por aliviar nuestra situación, cuando menos al pie de obra. Pero aún así no cesaban
de recordarnos que un trabajador normal hacía siete veces nuestro trabajo y en
menos tiempo. Entendían, sin embargo, nuestras razones cuando argüíamos que
ningún trabajador normal y corriente vivía con 300
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g de pan (teóricamente, pero en la práctica recibíamos menos) y 1 litro
de sopa aguada al día; que un obrero normal no vivía bajo la presión mental a
la que nos veíamos sometidos, sin noticias de nuestros familiares que, o bien
habían sido enviados a otro campo o habían muerto en las cámaras de gas; que un
trabajador normal no vivía amenazado de muerte continuamente, todos los días y
a todas horas. Una vez incluso me permití decirle a un capataz amablemente:
"Si usted aprendiera de mí a operar el cerebro con tanta rapidez como yo
estoy aprendiendo de usted a hacer carreteras, sentiría un gran respeto por
usted." Y él hizo una mueca.
La apatía, el principal síntoma de la segunda fase, era un mecanismo
necesario de autodefensa. La realidad se desdibujaba y todos nuestros esfuerzos
y todas nuestras emociones se centraban en una tarea: la conservación de
nuestras vidas y la de otros compañeros. Era típico oír a los prisioneros,
cuando al atardecer los conducían como rebaños de vuelta al campo desde sus
lugares de trabajo, respirar con alivio y decir: "Bueno, ya pasó el
día."
Los sueños de los prisioneros
Fácilmente se comprende que un estado tal de tensión junto con la
constante necesidad de concentrarse en la tarea de estar vivos, forzaba la vida
íntima del prisionero a descender a un nivel primitivo. Algunos de mis colegas
del campo, que habían estudiado psicoanálisis, solían hablar de la
"regresión" del internado en el campo: una retirada a una forma más
primitiva de vida mental. Sus Apetencias y deseos se hacían obvios en sus
sueños. Pero, ¿con qué soñaban los prisioneros? Con pan, pasteles, cigarrillos
y baños de agua templada. El no tener satisfechos esos simples deseos les
empujaba a buscar en los sueños su cumplimiento. Si estos sueños eran o no
beneficiosos ya es otra cuestión; el soñador tenía que despertar de ellos y
ponerse en la
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realidad de la vida en el campo y del terrible contraste entre ésta y
sus ilusiones. Nunca olvidaré una noche en la que me despertaron los gemidos de
un prisionero amigo, que se agitaba en sueños, obviamente víctima de una
horrible pesadilla. Dado que desde siempre me he sentido especialmente dolorido
por las personas que padecen pesadillas angustiosas, quise despertar al pobre
hombre. Y de pronto retiré la mano que estaba a punto de sacudirle, asustado de
lo que iba a hacer. Comprendí en seguida de una forma vivida, que ningún sueño,
por horrible que fuera, podía ser tan malo como la realidad del campo que nos
rodeaba y a la que estaba a punto de devolverle.
El hambre
Debido al alto grado de desnutrición que los prisioneros sufrían, era
natural que el deseo de procurarse alimentos fuera el instinto más primitivo en
torno al cual se centraba la vida mental. Observemos a la mayoría de los
prisioneros que trabajan uno junto a otro y a quienes, por una vez, no vigilan
de cerca. Inmediatamente empiezan a hablar sobre la comida. Un prisionero le
pregunta al que trabaja junto a él en la zanja cuál es su plato preferido.
Intercambiarán recetas y planearán un menú para el día en que se reúnan: el día
de un futuro distante en que sean liberados y regresen a casa. Y así seguirán y
seguirán, describiendo con todo detalle, hasta que de pronto una advertencia se
irá transmitiendo, normalmente en forma de consigna o número de contraseña:
"el guardia se acerca". Siempre consideré las charlas sobre comida
muy peligrosas. ¿Acaso no es una equivocación provocar al organismo con
aquellas descripciones tan detalladas y delicadas cuando ya ha conseguido
adaptarse de algún modo a las ínfimas raciones y a las escasas calorías? Aunque
de momento puedan parecer un alivio psicológico, se trata de una ilusión, que
psicológicamente, y sin ninguna duda, no está exenta de peligro. Durante la
última parte de nuestro encarcelamiento, la dieta
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diaria consistía en una única ración de sopa aguada y un pequeñísimo
pedazo de pan. Se nos repartía, además, una "entrega extra"
consistente en 20 gr de margarina o una rodaja de salchicha de baja calidad o
un pequeño trozo de queso o una pizca de algo que pretendía ser miel o una cucharada
de jalea aguada, cada día una cosa. Una dieta absolutamente inapropiada en
cuanto a calorías, sobre todo teniendo en cuenta nuestro pesado trabajo manual
y nuestra continua exposición a la intemperie con ropas inadecuadas. Los
enfermos que "necesitaban cuidados especiales" —es decir, a los que
permitían quedarse en el barracón en vez de ir a trabajar— estaban todavía en
peores condiciones. Cuando desaparecieron por completo las últimas capas de
grasa subcutánea y parecíamos esqueletos disfrazados con pellejos y andrajos,
comenzamos a observar cómo nuestros cuerpos se devoraban a sí mismos. El
organismo digería sus propias proteínas y los músculos desaparecían; al cuerpo
no le quedaba ningún poder de resistencia. Uno tras otro, los miembros de
nuestra pequeña comunidad del barracón morían. Cada uno de nosotros podía
calcular con toda precisión quién sería el próximo y cuándo le tocaría a él.
Tras muchas observaciones conocíamos bien los síntomas, lo que hacía que
nuestros pronósticos fuesen siempre acertados. "No va a durar mucho",
o "él es el próximo" nos susurrábamos entre nosotros, y cuando en el
curso de nuestra diaria búsqueda de piojos, veíamos nuestros propios cuerpos
desnudos, llegada la noche, pensábamos algo así: Este cuerpo, mi cuerpo, es ya
un cadáver, ¿qué ha sido de mí? No soy más que una pequeña parte de una gran
masa de carne humana... de una masa encerrada tras la alambrada de espinas,
agolpada en unos cuantos barracones de tierra. Una masa de la cual día tras día
va descomponiéndose un porcentaje porque ya no tiene vida. Ya he mencionado
hasta qué punto no se podían olvidar los pensamientos sobre platos favoritos
que se introducían a la fuerza en la conciencia del prisionero, en cuanto tenía
un instante de asueto. Tal vez pueda entenderse, pues, que aun el más fuerte de
nosotros soñara con un futuro en el que tendría buenos alimentos
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y en cantidad, no por el hecho de la comida en sí, sino por el gusto de
saber que la existencia infrahumana que nos hacía incapaces de pensar en otra
cosa que no fuera comida se acabaría por fin de una vez. Los que no hayan
pasado por una experiencia similar difícilmente pueden concebir el conflicto
mental destructor del alma ni los conflictos de la fuerza de voluntad que
experimenta un hombre hambriento. Difícilmente pueden aprehender lo que
significa permanecer de pie cavando una trinchera, sin oír otra cosa que la
sirena anunciando las 9,30 o las 10 de la mañana —la media hora de descanso
para almorzar— cuando se repartía el pan (si es que lo había); preguntando una
y otra vez al capitán — si éste no era un tipo excesivamente desagradable— qué
hora era; tocar después con cariño un trozo de pan en el bolsillo, cogiéndolo
primero con los dedos helados, sin guantes, partiendo después una migaja,
llevársela a la boca para, finalmente, con un último esfuerzo de voluntad,
guardársela otra vez en el bolsillo, prometiéndose a uno mismo aquella mañana
que lo conservaría hasta mediodía. Podíamos sostener discusiones inacabables
sobre la sensatez o insensatez de los métodos utilizados para conservar la
ración diaria de pan que durante la última época de nuestro confinamiento sólo
se nos entregaba una vez al día. Había dos escuelas de pensamiento: una era
partidaria de comerse la ración de pan inmediatamente. Esto tenía la doble
ventaja de satisfacer los peores retortijones del hambre, los más dolorosos,
durante un breve período de tiempo, al menos una vez al día, e impedía posibles
robos o la pérdida de la ración. El segundo grupo sostenía que era mejor
dividir la porción y utilizaba diversos argumentos. Finalmente yo engrosé las
filas de este último grupo. El momento más terrible de las 24 horas de la vida
en un campo de concentración era el despertar, cuando, todavía de noche, los
tres agudos pitidos de un silbato nos arrancaban sin piedad de nuestro dormir
exhausto y de las añoranzas de nuestros sueños. Empezábamos entonces a luchar
con nuestros zapatos mojados en los que a duras penas podíamos meter los pies,
llagados e hinchados por el edema. Y entonces venían los
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lamentos y quejidos de costumbre por los pequeños fastidios, tales como
enganchar los alambres que reemplazaban a los cordones. Una mañana vi a un
prisionero, al que tenía por valiente y digno, llorar como un crío porque tenía
que ir por los caminos nevados con los pies desnudos, al haberse encogido sus
zapatos demasiado como para poderlos llevar. En aquellos fatales minutos yo
gozaba de un mínimo alivio; me sacaba del bolsillo un trozo de pan que había
guardado la noche anterior y lo masticaba absorto en un puro deleite.
Sexualidad
La desnutrición, además de ser causa de la preocupación general por la
comida, probablemente explica también el hecho de que el deseo sexual brillara
por su ausencia. Aparte de los efectos del shock inicial, ésta parece ser la única
explicación del fenómeno que un psicólogo se veía obligado a observar en
aquellos campos sólo de hombres: que, en oposición a otros establecimientos
estrictamente masculinos —como los barracones del ejército— la perversión
sexual era mínima. Incluso en sueños, el prisionero se ocupaba muy poco del
sexo, aun cuando según el psicoanálisis "los instintos inhibidos", es
decir, el deseo sexual del prisionero junto con otras emociones deberían
manifestarse de forma muy especial en los sueños.
Ausencia de sentimentalismo
En la mayoría de los prisioneros, la vida primitiva y el esfuerce de
tener que concentrarse precisamente en salvar el pellejo llevaba a un abandono
total de lo que no sirviera a tal propósito, lo que explicaba la ausencia total
de sentimentalismo en los prisioneros. Esto lo experimenté por mí mismo cuando
me trasladaron desde Auschwitz a Dachau. El tren que conducía a unos 2000
prisioneros atravesó Viena. Era a eso de la medianoche cuando pasamos por una
de las estaciones de la ciudad. Las vías nos acercaban a la calle donde yo
nací, a la casa donde yo había
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vivido tantos años, en realidad hasta que caí prisionero. Éramos
cincuenta prisioneros en aquel vagón, que tenía dos pequeñas mirillas
enrejadas. Tan solo había sitio para que un grupo se sentara en cuclillas en el
suelo, mientras que el resto —que debía permanecer horas y horas de pie— se
agolpaba en torno a los ventanucos. Alzándome de puntillas y mirando desde
atrás por encima de las cabezas de los otros, por entre los barrotes de los
ventanucos, tuve una visión fantasmagórica de mi ciudad natal. Todos nos
sentíamos más muertos que vivos, pues pensábamos que nuestro transporte se
dirigía al campo de Mauthausen y sólo nos restaban una o dos semanas de vida.
Tuve la inequívoca sensación de estar viendo las calles, las plazas y la casa
de mi niñez con los ojos de un muerto que volviera del otro mundo para
contemplar una ciudad fantasma. Varias horas después, el tren salió de la
estación y allí estaba la calle, ¡mi calle! Los jóvenes que ya habían pasado
años en un campo de concentración y para quienes el viaje constituía un
acontecimiento escudriñaban el paisaje a través de las mirillas. Les supliqué,
les rogué que me dejasen pasar delante aunque fuera sólo un momento. Intenté
explicarles cuánto significaba para mí en este momento mirar por el ventanuco,
pero mis súplicas fueron desechadas con rudeza y cinismo: "¿Qué has vivido
ahí tantos años? Bueno, entonces ya lo tienes demasiado visto."
Política y religión
Esta ausencia de sentimientos en los prisioneros "con
experiencia" es uno de los fenómenos que mejor expresan esa
desvalorización de todo lo que no redunde en interés de la conservación de la
propia vida. Todo lo demás el prisionero lo consideraba un lujo superfino. En
general, en el campo sufríamos también de "hibernación cultural", con
sólo dos excepciones: la política y la religión: todo el campo hablaba, casi
continuamente, de política; las discusiones surgían ante todo de rumores que se
cazaban al vuelo y se transmitían con ansia. Los rumores sobre la situación
militar casi siempre eran contradictorios. Se sucedían
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con rapidez y lo único que conseguían era azuzar la guerra de nervios
que agitaba las mentes de todos los prisioneros. Una y otra vez se desvanecían
las esperanzas de que la guerra acabara con celeridad, esperanzas avivadas por
rumores optimistas. Algunos hombres perdían toda esperanza, pero siempre había
optimistas incorregibles que eran los compañeros más irritantes. Cuando los
prisioneros sentían inquietudes religiosas, éstas eran las más sinceras que
cabe imaginar y, muy a menudo, el recién llegado quedaba sorprendido y admirado
por la profundidad y la fuerza de las creencias religiosas. A este respecto lo
más impresionante eran las oraciones o los servicios religiosos improvisados en
el rincón de un barracón o en la oscuridad del camión de ganado en que nos
llevaban de vuelta al campo desde el lejano lugar de trabajo, cansados,
hambrientos y helados bajo nuestras ropas harapientas. Durante el invierno y la
primavera de 1945 se produjo un brote de tifus que afectó a casi todos los
prisioneros. El índice de mortalidad fue elevado entre los más débiles, quienes
habían de continuar trabajando hasta el límite de sus fuerzas. Los chamizos de
los enfermos carecían de las mínimas condiciones, apenas teníamos medicamentos
ni personal sanitario. Algunos de los síntomas de la enfermedad eran muy
desagradables: una aversión irreprimible a cualquier migaja de comida (lo que
constituía un peligro más para la vida) y terribles ataques de delirio. El peor
de los casos de delirio lo sufrió un amigo mío que creía que se estaba muriendo
y al intentar rezar era incapaz de encontrar las palabras. Para evitar estos
ataques yo y muchos otros intentábamos permanecer despiertos la mayor parte de
la noche. Durante horas redactaba discursos mentalmente. En un momento dado,
empecé a reconstruir el manuscrito que había perdido en la cámara de
desinfección de Auschwitz y, en taquigrafía, garabateé las palabras clave en
trozos de papel diminutos.
Una sesión de espiritismo
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De vez en cuando se suscitaba una discusión científica y en una ocasión
presencié algo que jamás había visto durante mi vida normal, aun cuando,
tangencialmente, se relacionaba con mis intereses científicos: una sesión de
espiritismo. Me invitó el médico jefe del campo (prisionero también), quien
sabía que yo era psiquiatra. La reunión tuvo lugar en su pequeño despacho de la
enfermería. Se había formado un pequeño círculo de personas entre los que se
encontraba, de modo totalmente antirreglamentario, el oficial de seguridad del
equipo sanitario. Un prisionero extranjero comenzó a invocar a los espíritus
con una especie de oración. El administrativo del campo estaba sentado ante una
hoja de papel en blanco, sin ninguna intención consciente de escribir. Durante
los diez minutos siguientes (transcurridos los cuales la sesión concluyó ante
el fracaso del médium en conjurar a los espíritus para que se mostraran), su
lápiz trazó —despacio— unas cuantas líneas en el papel, hasta que fue
apareciendo, de forma bastante legible, “vae v.''. Me aseguraron que el
administrativo no sabía latín y que nunca antes había oído las palabras
"vae victis, ¡ay los vencidos!' Mi opinión personal es que seguramente las
habría oído alguna vez, aunque sin llegar a captarlas de forma consciente, y
quedaron almacenadas en su interior para que el "espíritu" (el
espíritu de su subconsciente) las recogiera unos meses antes de nuestra
liberación y del final de la guerra.
La huida hacia el interior
A pesar del primitivismo físico y mental imperantes a la fuerza, en la
vida del campo de concentración aún era posible desarrollar una profunda vida
espiritual. No cabe duda que las personas sensibles acostumbradas a una vida
intelectual rica sufrieron muchísimo (su constitución era a menudo endeble),
pero el daño causado a su ser íntimo fue menor: eran capaces de aislarse del
terrible entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y libertad
espiritual. Sólo de esta forma puede uno explicarse la paradoja aparente de que
algunos prisioneros, a menudo los
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menos fornidos, parecían soportar mejor la vida del campo que los de
naturaleza más robusta. Para aclarar este punto, me veo obligado a recurrir de
nuevo a la experiencia personal. Voy a contar lo que sucedía aquellas mañanas
en que, antes del alba, teníamos que ir andando hasta nuestro lugar de trabajo.
Oíamos gritar las órdenes: "¡Atención, destacamento adelante! ¡Izquierda
2,3,4! ¡Izquierda 2,3,4! ¡El primer hombre, media vuelta a la izquierda,
izquierda, izquierda, izquierda! ¡Gorras fuera! Todavía resuenan en mis oídos
estas palabras. A la orden de: "¡Gorras fuera!" atravesábamos la
verja del campo, mientras nos enfocaban con los reflectores. El que no marchaba
con marcialidad recibía una patada, pero corría peor suerte quien, para
protegerse del frío, se calaba la gorra hasta las orejas antes de que le dieran
permiso. En la oscuridad tropezábamos con las piedras y nos metíamos en los
charcos al recorrer el único camino que partía del campo. Los guardias que nos
acompañaban no dejaban de gritarnos y azuzarnos con las culatas de sus rifles.
Los que tenían los pies llenos de llagas se apoyaban en el brazo de su vecino.
Apenas mediaban palabras; el viento helado no propiciaba la conversación. Con
la boca protegida por el cuello de la chaqueta, el hombre que marchaba a mi
lado me susurró de repente: "¡Si nos vieran ahora nuestras esposas! Espero
que ellas estén mejor en sus campos e ignoren lo que nosotros estamos
pasando." Sus palabras evocaron en mí el recuerdo de mi esposa.
Cuando todo se ha perdido
Mientras marchábamos a trompicones durante kilómetros, resbalando en el
hielo y apoyándonos continuamente el uno en el otro, no dijimos palabra, pero
ambos lo sabíamos: cada uno pensaba en su mujer. De vez en cuando yo levantaba
la vista al cielo y veía diluirse las estrellas al primer albor rosáceo de la
mañana que comenzaba a mostrarse tras una oscura franja de nubes. Pero mi mente
se aferraba a la imagen de mi mujer, a
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quien vislumbraba con extraña precisión. La oía contestarme, la veía
sonriéndome con su mirada franca y cordial. Real o no, su mirada era más
luminosa que el sol del amanecer. Un pensamiento me petrificó: por primera vez
en mi vida comprendí la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y
proclamada en la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que el
amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el hombre. Fue entonces
cuando aprehendí el significado del mayor de los secretos que la poesía, el
pensamiento y el credo humanos intentan comunicar: la salvación del hombre está
en el amor y a través del amor. Comprendí cómo el hombre, desposeído de todo en
este mundo, todavía puede conocer la felicidad —aunque sea sólo
momentáneamente— si contempla al ser querido. Cuando el hombre se encuentra en
una situación de total desolación, sin poder expresarse por medio de una acción
positiva, cuando su único objetivo es limitarse a soportar los sufrimientos
correctamente —con dignidad— ese hombre puede, en fin, realizarse en la amorosa
contemplación de la imagen del ser querido. Por primera vez en mi vida podía
comprender el significado de las palabras: "Los ángeles se pierden en la
contemplación perpetua de la gloria infinita." Delante de mí tropezó y se
desplomó un hombre, cayendo sobre él los que le seguían. El guarda se precipitó
hacia ellos y a todos alcanzó con su látigo. Este hecho distrajo mi mente de
sus pensamientos unos pocos minutos, pero pronto mi alma encontró de nuevo el
camino para regresar a su otro mundo y, olvidándome de la existencia del
prisionero, continué la conversación con mi amada: yo le hacía preguntas y ella
contestaba; a su vez ella me interrogaba y yo respondía. "¡Alto!"
Habíamos llegado a nuestro lugar de trabajo. Todos nos abalanzamos dentro de la
oscura caseta con la esperanza de obtener una herramienta medio decente. Cada
prisionero tomaba una pala o un zapapico. "¿Es que no podéis daros prisa,
cerdos?" Al cabo de unos minutos reanudamos el trabajo en la zanja, donde
lo dejamos el día anterior. La tierra helada se resquebrajaba bajo la punta del
pico, despidiendo chispas. Los hombres permanecían silenciosos,
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con el cerebro entumecido. Mi mente se aferraba aún a la imagen de mi
mujer. Un pensamiento me asaltó: ni siquiera sabía si ella vivía aún. Sólo
sabía una cosa, algo que para entonces ya había aprendido bien: que el amor
trasciende la persona física del ser amado y encuentra su significado más
profundo en su propio espíritu, en su yo íntimo. Que esté o no presente, y aun
siquiera que continúe viviendo deja de algún modo de ser importante. No sabía
si mi mujer estaba viva, ni tenía medio de averiguarlo (durante todo el tiempo
de reclusión no hubo contacto postal alguno con el exterior), pero para
entonces ya había dejado de importarme, no necesitaba saberlo, nada podía
alterar la fuerza de mi amor, de mis pensamientos o de la imagen de mi amada.
Si entonces hubiera sabido que mi mujer estaba muerta, creo que hubiera seguido
entregándome —insensible a tal hecho— a la contemplación de su imagen y que mi
conversación mental con ella hubiera sido igualmente real y gratificante:
"Ponme como sello sobre tu corazón... pues fuerte es el amor como la
muerte". (Cantar de los Cantares, 8,6.)
Meditaciones en la zanja
Esta intensificación de la vida interior ayudaba al prisionero a
refugiarse contra el vacío, la desolación y la pobreza espiritual de su
existencia, devolviéndole a su existencia anterior. Al dar rienda suelta a su
imaginación, ésta se recreaba en los hechos pasados, a menudo no los más
importantes, sino los pequeños sucesos y las cosas insignificantes. La nostalgia
los glorificaba, haciéndoles adquirir un extraño matiz. El mundo donde
sucedieron y la existencia que tuvieron parecían muy distantes y el alma tendía
hacia ellos con añoranza: en mi apartamento, contestaba al teléfono y encendía
las luces. Muchas veces nuestros pensamientos se centraban en estos detalles
nimios que nos hacían llorar. A medida que la vida interior de los prisioneros
se hacía más intensa, sentíamos también la belleza del arte y la naturaleza
como nunca hasta entonces. Bajo su influencia llegábamos a
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olvidarnos de nuestras terribles circunstancias. Si alguien hubiera
visto nuestros rostros cuando, en el viaje de Auschwitz a un campo de Baviera,
contemplamos las montañas de Salzburgo con sus cimas refulgentes al atardecer,
asomados por las ventanucas enrejadas del vagón celular, nunca hubiera creído
que se trataba de los rostros de hombres sin esperanza de vivir ni de ser
libres. A pesar de este hecho —o tal vez en razón del mismo— nos sentíamos
trasportados por la belleza de la naturaleza, de la que durante tanto tiempo
nos habíamos visto privados. Incluso en el campo, cualquiera de los prisioneros
podía atraer la atención del camarada que trabajaba a su lado señalándole una
bella puesta de sol resplandeciendo por entre las altas copas de los bosques
bávaros (como se ve en la famosa acuarela de Durero), esos mismos bosques donde
construíamos un inmenso almacén de municiones oculto a la vista. Una tarde en
que nos hallábamos descansando sobre el piso de nuestra barraca, muertos de
cansancio, los cuencos de sopa en las manos, uno de los prisioneros entró
corriendo para decirnos que saliéramos al patio a contemplar la maravillosa
puesta de sol y, de pie, allá fuera, vimos hacia el oeste densos nubarrones y
todo el cielo plagado de nubes que continuamente cambiaban de forma y color
desde el azul acero al rojo bermellón, mientras que los desolados barracones
grisáceos ofrecían un contraste hiriente cuando los charcos del suelo fangoso
reflejaban el resplandor del cielo. Y entonces, después de dar unos pasos en
silencio, un prisionero le dijo a otro: "¡Qué bello podría ser el
mundo!"
Monólogo al amanecer
En otra ocasión estábamos cavando una trinchera. Amanecía en nuestro
derredor, un amanecer gris. Gris era el cielo, y gris la nieve a la pálida luz
del alba; grises los harapos que mal cubrían los cuerpos de los prisioneros y
grises sus rostros. Mientras trabajaba, hablaba quedamente a mi esposa o,
quizás, estuviera debatiéndome por encontrar la razón de mis sufrimientos, de
mi lenta agonía. En una última y violenta protesta contra lo inexorable de mi
muerte inminente, sentí como si mi espíritu
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traspasara la melancolía que nos envolvía, me sentí trascender aquel
mundo desesperado, insensato, y desde alguna parte escuché un victorioso
"sí" como contestación a mi pregunta sobre la existencia de una
intencionalidad última. En aquel momento y en una franja lejana encendieron una
luz, que se quedó allí fija en el horizonte como si alguien la hubiera pintado,
en medio del gris miserable de aquel amanecer en Baviera. "Et lux in
tenebris lucet, y la luz brilló en medio de la oscuridad." Estuve muchas
horas tajando el terreno helado. El guardián pasó junto a mí, insultándome y
una vez más volví a conversar con mi amada. La sentía presente a mi lado, cada
vez con más fuerza y tuve la sensación de que sería capaz de tocarla, de que si
extendía mi mano cogería la suya. La sensación era terriblemente fuerte; ella
estaba allí realmente. Y, entonces, en aquel mismo momento, un pájaro bajó
volando y se posó justo frente a mí, sobre la tierra que había extraído de la
zanja, y se me quedó mirando fijamente.
Arte en el campo
Antes, he hablado del arte. ¿Puede pensarse en algo parecido en un campo
de concentración? Depende más bien de lo que uno llame arte. De vez en cuando
se improvisaba una especie de espectáculo de cabaret. Se despejaba
temporalmente un barracón, se apiñaban o se clavaban entre sí unos cuantos
bancos y se estudiaba un programa. Por la noche, los que gozaban de una buena
situación —los "capos"— y los que no tenían que hacer grandes marchas
fuera del campo, se reunían allí y reían o alborotaban un poco; cualquier cosa
que les hiciera olvidar. Se cantaba, se recitaban poemas, se contaban chistes
que contenían alguna referencia satírica sobre el campo. Todo ello no tenía
otra finalidad que la de ayudarnos a olvidar y lo conseguía. Las reuniones eran
tan eficaces que algunos prisioneros asistían a las funciones a pesar de su
agotador cansancio y aun cuando, por ello, perdieran su rancho de aquel día. El
buen humor es siempre algo envidiable: al principio de nuestro internamiento
nos permitían reunimos en un cuarto de
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máquinas a medio construir para saborear durante media hora el plato de
sopa que nos repartían a medio día (como la tenía que pagar la empresa
constructora era de todo menos alimenticia). Al entrar, cada uno recibía un
cucharón de sopa aguada, y mientras la sorbíamos con avidez, un prisionero
italiano trepaba encima de una cuba y nos entonaba arias italianas. Los días
que nos daba el recital musical, tenía garantizada una ración doble de sopa,
sacada del fondo del perol, es decir, ¡con guisantes! En el campo se concedían
premios no sólo por entretener, sino también por aplaudir. Por ejemplo, a mí
podía haberme protegido (¡y fui muy afortunado al no necesitarlo!) el
"capo" más temido de todos, a quien por más de una razón se le
conocía por el sobrenombre de "el capo asesino". Contaré cómo
sucedió. Una tarde tuve el gran honor de que me invitaran otra vez a la sesión
de espiritismo. Estaban reunidos en aquella habitación unos cuantos amigos
íntimos del médico jefe; asimismo estaba presente, de forma totalmente ilegal, el
oficial al cargo del escuadrón sanitario. El "capo asesino" entró
allí por casualidad y le pidieron que recitara uno de sus poemas que se habían
hecho famosos (o infames) en el campo. No necesitaba que se lo repitieran dos
veces, de modo que rápidamente sacó una especie de diario del que empezó a leer
unas cuantas muestras de su arte. Me mordía los labios hasta hacerme sangre
para no reírme al escuchar uno de sus poemas amorosos y seguramente gracias a
ello salvé la vida; como además le aplaudí con largueza, es muy posible que
también hubiera estado a salvo caso de haber sido destinado a su cuadrilla de
trabajo, donde ya me habían asignado un día, un día que para mí fue más que
suficiente. Pero siempre resultaba útil que el "capo asesino" le conociera
a uno desde algún ángulo favorable. Así que le aplaudí con todas mis fuerzas.
La obsesión por buscar el arte dentro del campo adquiría, en general, matices
grotescos. Yo diría que la impresión real que producía todo lo que se
relacionaba con lo artístico surgía del contraste casi fantasmagórico entre la
representación y la desolación de la vida en el campo que le servía de telón de
fondo. Nunca olvidaré que en la segunda noche que pasé en Auschwitz fue la
música lo que me despertó de un sueño profundo. El
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guardia encargado del barracón celebraba una especie de fiestecilla en
su habitación, que estaba próxima a la entrada de nuestra puerta. Voces
achispadas se desgañitaban cantando tonadas gastadas. De pronto se hizo el
silencio y en medio de la noche se oyó un violín que tocaba desesperadamente un
tango triste, una melodía poco conocida y poco desgastada por la continua
repetición. El violín lloraba y una parte de mí lloraba con él, pues aquel día
alguien cumplía 24 años, alguien que yacía en alguna otra parte de Auschwitz,
quizás alejada sólo unos cientos o miles de metros y, sin embargo, fuera de mi
alcance. Ese alguien era mi mujer.
El humor en el campo
El descubrimiento de algo parecido al arte en un campo de concentración
ha de sorprender bastante al profano en estas cosas, pero aún se sentiría mucho
más sorprendido al saber que también había cierto sentido del humor; claro
está, en su expresión más leve y aun así, sólo durante unos breves segundos o
unos minutos escasos. El humor es otra de las armas con las que el alma lucha
por su supervivencia. Es bien sabido que, en la existencia humana, el humor
puede proporcionar el distanciamiento necesario para sobreponerse a cualquier
situación, aunque no sea más que por unos segundos. Yo mismo entrené a un amigo
mío que trabajaba a mi lado en la obra para que desarrollara su sentido del
humor. Le sugería que debíamos hacernos la solemne promesa de que cada día
inventaríamos una historia divertida sobre algún incidente que pudiera suceder
al día siguiente de nuestra liberación. Se trataba de un cirujano que había
pertenecido al equipo de un gran hospital, así que una vez intenté arrancarle
una sonrisa insistiendo en que cuando se incorporara a su antiguo trabajo le
iba a resultar muy difícil olvidar los hábitos que había aprendido en el campo
de concentración. Al pie de la obra que construíamos (y en especial cuando el
supervisor hacía su ronda de inspección) el capataz nos estimulaba a trabajar
más de prisa gritando: "¡Acción! ¡Acción!"
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Así que dije a mi amigo: "Un día regresarás al quirófano para
operar a un paciente aquejado de peritonitis. De pronto, un ordenanza entrará a
toda prisa y anunciará la llegada del jefe del equipo de operaciones gritando:
"¡Acción! ¡Acción! ¡Que viene el jefe!" A veces los otros inventaban
sueños divertidos con respecto al futuro, previendo; por ejemplo, cuando
tuvieran un compromiso para asistir a una cena se olvidarían de cómo se sirve
la sopa y le pedirían a la anfitriona que les echara una cucharada "del
fondo". Los intentos para desarrollar el sentido del humor y ver las cosas
bajo una luz humorística son una especie de truco que aprendimos mientras
dominábamos el arte de vivir, pues aún en un campo de concentración es posible
practicar el arte de vivir, aunque el sufrimiento sea omnipresente. Cabría
establecer una analogía: el sufrimiento del hombre actúa de modo similar a como
lo hace el gas en el vacío de una cámara; ésta se llenará por completo y por
igual cualquiera que sea su capacidad. Análogamente, el sufrimiento ocupa toda
el alma y toda la conciencia del hombre tanto si el sufrimiento es mucho como
si es poco. Por consiguiente el "tamaño" del sufrimiento humano es
absolutamente relativo, de lo que se deduce que la cosa más nimia puede
originar las mayores alegrías. Tomemos a modo de ejemplo algo que sucedió en
nuestro viaje de Auschwitz a un campo filial del de Dachau. Todos temíamos que
aquel traslado nos llevara al campo de Mauthausen y nuestra tensión aumentaba a
medida que nos acercábamos a un puente sobre el Danubio que el tren tenía que
cruzar para llegar a Mauthausen, según sabíamos por lo que contaban los
prisioneros más experimentados. Los que no hayan visto nunca algo parecido no
podrán imaginar los saltos de júbilo que los prisioneros daban en el vagón
cuando vieron que nuestro transporte no cruzaba aquel puente y que
"sólo" nos dirigíamos a Dachau. ¿Qué sucedió a nuestra llegada a este
campo tras un viaje que había durado dos días y tres noches? En el vagón no
había sitio para que todos nos acurrucáramos en el suelo al mismo tiempo, la
mayoría tuvo que permanecer de pie todo el viaje mientras que unos pocos se
turnaban para ponerse de cuclillas en la estrecha
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franja que estaba empapada de orines. Cuando llegamos, las primeras
noticias que escuchamos a los prisioneros más antiguos fueron que este campo
relativamente pequeño (con una población de 2500 reclusos) ¡no tenía
"horno", ni crematorio, ni gas! Lo que significaba que ninguno de
nosotros iba a ser un "musulmán", ninguno iba a ir derecho a la
cámara de gas, sino que tendría que esperar hasta que se dispusiera lo que se
llamaba un "convoy de enfermos" que lo devolvería a Auschwitz. Esta
agradable sorpresa nos puso a todos de buen humor. El deseo del viejo vigilante
de nuestro barracón en Auschwitz se había cumplido: habíamos llegado lo más
rápidamente posible a un campo que —a diferencia de Auschwitz— no tenía
"chimenea". Nos reímos y contamos chistes a pesar de las cosas que
tuvimos que soportar durante las horas que siguieron. Cuando nos contaron a los
recién llegados resultó que faltaba uno. Así es que hubimos de esperar a la
intemperie bajo la lluvia y el viento helado hasta que apareció el prisionero.
Finalmente le encontraron en un barracón, dormido, exhausto por el cansancio.
Entonces el pasar lista se convirtió en un desfile de castigo: durante toda la
noche y hasta muy entrada la mañana siguiente tuvimos que permanecer de pie a
la intemperie, helados y calados hasta los huesos después del esfuerzo que
había supuesto el viaje. ¡Y aún así nos sentíamos contentos! En aquel campo no
había chimenea y Auschwitz quedaba lejos.
¡Quién fuera un preso común!
Otra vez, vimos a un grupo de convictos que pasaban junto al lugar donde
trabajábamos. Y entonces se nos hizo patente y obvia la relatividad del
sufrimiento y envidiamos a aquellos prisioneros por su existencia feliz, segura
y relativamente bien ordenada; sin duda tendrían la oportunidad de bañarse
regularmente, pensamos con tristeza. Seguramente dispondrían de cepillos de
dientes, de ropa, de un colchón —uno para cada uno— y mensualmente el correo
les traería noticias de lo que sucedía a sus familiares o, al menos, de si
estaban vivos o habían
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muerto. Hacía mucho tiempo que nosotros habíamos perdido todas estas
cosas. ¡Y cómo envidiábamos a aquellos de nosotros que tenían la oportunidad de
entrar en una fábrica y trabajar en un espacio cubierto, al abrigo de la
intemperie! Más o menos todos nosotros deseábamos que nos tocara un poco de
suerte relativa. La escala de la fortuna abarcaba muchos más matices. Por
ejemplo, en los destacamentos que trabajaban fuera del campo (en uno de los
cuales me encontraba yo) había unas cuantas unidades que se consideraban peores
que las demás. Se envidiaba al que no tenía que chapotear en la húmeda y fangosa
arcilla de un declive escarpado, vaciando los artesones de un pequeño
ferrocarril durante doce horas diarias. La mayoría de los accidentes sucedían
realizando esta tarea y solían ser fatales. En otras cuadrillas de trabajo el
capataz seguía una tradición, al parecer local, que consistía en propinar
golpes a diestro y siniestro, lo cual nos hacía envidiar la suerte relativa de
no estar bajo su mando o, todo lo más, de estarlo sólo temporalmente. Una vez y
debido a una situación desdichada fui a parar a aquel grupo. Si tras dos horas
de trabajo (durante las cuales el capataz se ensañó conmigo especialmente) no
nos hubiera interrumpido una alarma aérea, obligándonos a reagruparnos después,
creo que hubiera tenido que regresar al campo en alguna de las camillas que
trasportaban a los hombres que habían muerto o estaban a punto de morir por la
extrema fatiga. Nadie podría imaginar el alivio que en semejante situación
puede producir el sonido de la sirena; ni siquiera el boxeador que oye sonar la
campana que anuncia el final del asalto salvándose así, en el último instante,
de un K.O. seguro.
Suerte es lo que a uno no le toca padecer
Agradecíamos los más ínfimos favores. Nos conformábamos con tener tiempo
para despiojarnos antes de ir a la cama, aunque ello no fuera en sí muy
placentero: suponía estar desnudos en un barracón helado con carámbanos
colgando del techo. Nos
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contentábamos con que no hubiera alarma aérea durante esta operación y
las luces permanecieran encendidas. En la oscuridad no podíamos despiojarnos,
lo que suponía pasar la noche en vela. Los escasos placeres de la vida del
campo nos producían una especie de felicidad negativa —"la liberación del
sufrimiento", como dijo Schopenhauer— pero sólo de forma relativa. Los verdaderos
placeres positivos, aún los más nimios escaseaban. Recuerdo haber llevado una
especie de contabilidad de los placeres diarios y comprobar que en el lapso de
muchas semanas solamente había experimentado dos momentos placenteros. Uno
había ocurrido cuando, al regreso del trabajo y tras una larga espera, me
admitieron en el barracón de cocina asignándome a la cola que se alineaba ante
el cocinero-prisionero F. Semioculto detrás de las enormes cacerolas, F. servía
la sopa en los cuencos que le presentaban los prisioneros que desfilaban
apresuradamente. Era el único cocinero que al llegar los cuencos no se fijaba
en los hombres; el único que repartía con equidad, sin reparar en el recipiente
y sin hacer favoritismos con sus amigos o paisanos, obsequiándoles con patatas,
mientras el resto tenía que contentarse con la sopa aguada de la superficie.
Pero no me incumbe a mí juzgar a los prisioneros que preferían a su propia
gente. ¿Quién puede arrojar la primera piedra contra aquel que favorece a sus
amigos bajo unas circunstancias en que, tarde o temprano, la cuestión que se
dilucidaba era de vida o muerte? Nadie puede juzgar, nadie, a menos que con
toda honestidad pueda contestar que en una situación similar no hubiera hecho
lo mismo. Mucho tiempo después de haberme integrado a la vida normal (es decir,
mucho tiempo después de haber abandonado el campo), me enseñaron una revista
ilustrada con fotografías de prisioneros hacinados en sus literas mirando,
insensibles, a sus visitantes: "¿No es algo terrible, esos rostros mirando
fijamente, y todo lo que ello significa?" "¿Por qué?", pregunté
y es que, en verdad, no lo comprendía. En aquel momento lo vi todo de nuevo: a
las 5 de la madrugada, todo estaba oscuro allá afuera, como boca de lobo. Yo
estaba echado sobre un duro tablón en el suelo de tierra del barracón
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donde "se cuidaba" a unos setenta de nosotros. Estábamos
enfermos y no teníamos que dejar el campo para ir a trabajar; tampoco teníamos
que desfilar. Podíamos permanecer echados todo el día en nuestro rincón y dormitar
esperando el reparto diario de pan (que por supuesto era menor para los
enfermos) y el rancho de sopa (aguada y también menor en cantidad). Y, sin
embargo, estábamos contentos, satisfechos a pesar de todo. Mientras nos
apretujábamos los unos contra los otros para evitar la pérdida innecesaria de
calor, emperezados y sin la menor intención de mover ni un dedo sin necesidad,
oíamos los agudos silbatos y los gritos que venían de la plaza donde el turno
de noche acababa de regresar y formaba para la revista. La ventisca abrió la
puerta de par en par y la nieve entró en nuestro barracón. Un camarada exhausto
y cubierto de nieve entró tambaleándose y durante unos minutos permaneció
sentado, pero el guardia le echó fuera de nuevo. Estaba estrictamente prohibido
admitir a un extraño en un barracón mientras se procedía a pasar revista. ¡Cómo
compadecía a aquel individuo y qué contento estaba yo de no encontrarme en su
lugar, sino dormitando en la enfermería! ¡Qué salvación suponía el permanecer
allí dos días y, tal vez, otros dos más!
¿Al campo de infecciosos?
Mi suerte se vio incrementada todavía más. Al cuarto día de mi estancia
en la enfermería y a punto de ser asignado al turno de noche —lo que habría
supuesto mi muerte segura—, el médico jefe entró apresuradamente en el barracón
y me sugirió que me ofreciese voluntario para desempeñar tareas sanitarias en
un campo destinado a enfermos de tifus. En contra de los consejos de mis amigos
(y a pesar de que casi ninguno de mis colegas se ofrecía), decidí ir como
voluntario. Sabía que en un grupo de trabajo moriría en poco tiempo y si tenía
que morir, siquiera podía darle algún sentido a mi muerte. Pensé que tenía más
sentido intentar ayudar a mis camaradas como médico que vegetar o perder la
vida trabajando de forma improductiva como hacía
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entonces. Para mí era una cuestión de matemáticas sencillas y no de
sacrificio. Pero el suboficial del equipo sanitario había ordenado, en secreto,
que se "cuidara" de forma especial a los dos médicos voluntarios para
ir al campo de infecciosos hasta que fueran trasladados al mismo. El aspecto de
debilidad que presentábamos era tal que temía tener dos cadáveres más, en vez
de dos médicos.
Ya he mencionado antes que todo lo que no se relacionaba con la
preocupación inmediata de la supervivencia de uno mismo y sus amigos, carecía
de valor. Todo se supeditaba a tal fin. El carácter del hombre quedaba
absorbido hasta el extremo de verse envuelto en un torbellino mental que ponía
en duda y amenazaba toda la escala de valores que hasta entonces había
mantenido. Influido por un entorno que no reconocía el valor de la vida y la
dignidad humanas, que había desposeído al hombre de su voluntad y le había
convertido en objeto de exterminio (no sin utilizarle antes al máximo y
extraerle hasta el último gramo de sus recursos físicos) el yo personal acababa
perdiendo sus principios morales. Si, en un ultimo esfuerzo por mantener la
propia estima, el prisionero de un campo de concentración no luchaba contra
ello, terminaba por perder el sentimiento de su propia individualidad, de ser
pensante, con una libertad interior y un valor personal. Acababa por
considerarse sólo una parte de la masa de gente: su existencia se rebajaba al
nivel de la vida animal. Transportaban a los hombres en manadas, unas veces a
un sitio y otras a otro; unas veces juntos y otras por separado, como un rebaño
de ovejas sin voluntad ni pensamiento propios. Una pandilla pequeña pero peligrosa,
diestra en métodos de tortura y sadismo, los observaba desde todos los ángulos.
Conducían al rebaño sin parar, atrás, adelante, con gritos, patadas y golpes, y
nosotros, los borregos, teníamos dos pensamientos: cómo evitar a los malvados
sabuesos y cómo obtener un poco de comida. Lo mismo que las ovejas se congregan
tímidamente en el centro del rebaño, también nosotros buscábamos el centro de
las formaciones: allí teníamos más oportunidades de esquivar los golpes de los
guardias que
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marchaban a ambos lados, al frente y en la retaguardia de la columna.
Los puestos centrales tenían la ventaja adicional de protegernos de los gélidos
vientos. De modo que el hecho de querer sumergirse literalmente en la multitud
era en realidad una manera de intentar salvar el pellejo. En las formaciones
esto se hacía de modo automático, pero otras veces se trataba de un acto
definitivamente consciente por nuestra parte, de acuerdo con las leyes
imperativas del instinto de conservación: no ser conspicuos. Siempre hacíamos
todo lo posible por no llamar la atención de los SS.
Añoranza de soledad
Cierto que había veces en que era posible —y hasta necesario— mantenerse
alejado de la multitud. Es bien sabido que una vida comunitaria impuesta, en la
que se presta atención a todo lo que uno hace y en todo momento, puede producir
la irresistible necesidad de alejarse, al menos durante un corto tiempo. El
prisionero anhelaba estar a solas consigo mismo y con sus pensamientos. Añoraba
su intimidad y su soledad. Después de mi traslado a un llamado "campo de
reposo", tuve la rara fortuna de encontrar de vez en cuando cinco minutos
de soledad. Tras el barracón de suelo de tierra en el que trabajaba y donde se
hacinaban unos 50 pacientes delirantes, había un lugar tranquilo junto a la
doble alambrada que rodeaba el campo. Allí se había improvisado una tienda con
unos cuantos postes y ramas de árboles para cobijar media docena de cadáveres
(que era la cuota diaria de muertes en el campo). Había también un pozo que
llevaba a las tuberías de conducción de agua. Siempre que no eran necesarios
mis servicios solía sentarme en cuclillas sobre la tapa de madera de este pozo,
contemplando el florecer de las verdes laderas y las lejanas colinas azuladas
del paisaje bávaro, enmarcado por las mallas de la alambrada de púas. Soñaba
añorante y mis pensamientos vagaban al norte, al nordeste y en dirección a mi
hogar, pero sólo veía nubes. No me molestaban los cadáveres próximos a mí,
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hormigueantes de piojos; sólo las pisadas de los guardias, al pasar, me
despertaban de mis sueños; o, a veces, una llamada desde la enfermería o para
recoger un nuevo envío de medicinas para mi barracón, envío consistente en
cinco o diez tabletas de aspirina, para 50 pacientes y varios días. Las recogía
y luego hacía mi ronda, tomándole el pulso a los pacientes y suministrándoles
media tableta si se trataba de casos graves. Pero los casos desahuciados no
recibían medicinas. No les hubieran ayudado y, además, habrían privado de ellas
a los que todavía tenían alguna esperanza. Para los enfermos leves no tenía más
que unas palabras de aliento. Así me arrastraba de paciente en paciente, aunque
yo mismo me encontraba exhausto y convaleciente de un fuerte ataque de tifus.
Después volvía a mi lugar solitario sobre la tapa de madera del pozo. Por
cierto, este pozo salvó una vez la vida de tres compañeros prisioneros. Poco
antes de la liberación, se organizaron transportes masivos hasta Dachau y estos
tres hombres, acertadamente, intentaron evitar el viaje. Bajaron al pozo y allí
se escondieron de los guardias. Yo me senté tranquilamente sobre la tapa, con
aire inocente, tirando piedrecitas a la alambrada de púas, como si se tratase
de un juego infantil. Al reparar en mí, el guardia dudó un momento, pero pasó
de largo. Pronto pude decir a los hombres que estaban abajo que lo peor había
pasado.
Juguete del destino
Resulta difícil para un extraño comprender cuan poco valor se concedía
en el campo a la vida humana. El prisionero estaba ya endurecido, pero
posiblemente adquiría más conciencia de este absoluto desprecio por la vida
cuando se organizaba un convoy de enfermos. Los cuerpos demacrados se echaban
en carretillas que los prisioneros empujaban a lo largo de muchos kilómetros, a
veces entre tormentas de nieve, hasta el siguiente campo. Si uno de los
enfermos moría antes de salir, se le echaba de todas formas, ¡porque la lista
tenía que estar completa! La lista era lo único importante. Los hombres sólo
contaban por su número de
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prisionero. Uno se convertía literalmente en un número: que estuviera
muerto o vivo no importaba, ya que la vida de un "número" era
totalmente irrelevante. Y menos aún importaba lo que había tras aquel número y
aquella vida: su destino, su historia o el nombre del prisionero. En los
transportes de pacientes a los que yo, en calidad de médico, tenía que
acompañar desde un campo de Baviera a otro, hubo un prisionero joven cuyo
hermano no estaba en lista y al que, por tanto, había que dejar atrás. El joven
suplicó tanto que el guardia decidió hacer un cambio y el hermano ocupó el
lugar de un hombre que, de momento, prefería quedarse. ¡Con tal de que la lista
estuviera correcta! Y esto era fácil: el hermano cambió su número, nombre y
apellido con los del otro prisionero, pues, como ya he dicho antes, carecíamos
de documentación; ya teníamos bastante suerte con conservar nuestro cuerpo que,
al fin y al cabo, seguía respirando. Todo lo demás que nos rodeaba, como los
harapos que pendían de nuestros esqueletos macilentos, sólo tenía interés
cuando se ordenaba un transporte de enfermos. Se examinaba a los
"musulmanes" con curiosidad descarada, con el fin de averiguar si sus
chaquetas o sus zapatos eran mejores que los de uno. Después de todo, su suerte
estaba echada. Pero los que quedaban en el campo, capaces aún para algún
trabajo, debían aguzar sus recursos para mejorar las posibilidades de
supervivencia. No eran sentimentales. Los prisioneros se consideraban
totalmente a merced del humor de los guardias — juguetes del destino— y esto
les hacía más inhumanos de lo que las circunstancias habrían hecho presumir.
Siempre había pensado que, al cabo de cinco o diez años, el hombre estaba
siempre en condiciones de saber lo que había repercutido favorablemente en su
vida. El campo de concentración me proporcionó mayor precisión: con frecuencia
sabíamos si algo había sido bueno al cabo de cinco o diez minutos. En Auschwitz
me impuse a mí mismo una norma que resultó ser buena y que todos mis camaradas
observaron más tarde. Por regla general, contestaba a todas las preguntas con
la verdad, pero guardaba silencio sobre lo que no se me pedía de forma expresa.
Si me preguntaban la edad, la decía; si querían saber mi profesión, decía
"médico", sin más explicaciones. En la primera mañana en
61
Auschwitz un oficial de las SS asistió a la revista. Teníamos que
agruparnos atendiendo a diferentes criterios: prisioneros de más de cuarenta
años, de menos de cuarenta, trabajadores del metal, mecánicos, etc. Luego
examinaban si teníamos hernias y algunos prisioneros tenían que formar otro
grupo. El mío fue llevado a otro barracón, donde nos alinearon de nuevo. Tras
otra selección y después de más preguntas sobre mi edad y profesión, me
enviaron a un grupo más reducido. De nuevo nos condujeron a otro barracón
agrupados de forma diferente. Este proceso continuó durante un tiempo y yo me
sentía muy desdichado al encontrarme entre extranjeros que hablaban lenguas
para mí ininteligibles. Por fin pasé la última revisión y me hallé de nuevo en
el grupo que estaba conmigo en el primer barracón. Mis compañeros apenas se
habían dado cuenta de que durante aquel tiempo yo había andado de barracón en
barracón. Fui consciente de que en los pocos minutos transcurridos me había
cruzado con un destino distinto en cada ocasión. Cuando se organizó el traslado
de los enfermos al "campo de reposo", mi nombre (es decir, mi número)
estaba en la lista, ya que se necesitaban algunos médicos. Pero nadie creía que
el lugar de destino fuera de verdad un campo de reposo. Unas semanas atrás se había
preparado un traslado similar y entonces todos pensaron que les llevaban a la
cámara de gas. Cuando se anunció que quien se presentara voluntario para el
temido turno de noche sería borrado de la lista, de inmediato se ofrecieron
voluntarios 28 prisioneros. Un cuarto de hora más tarde se canceló el
transporte pero aquellos 2 8 prisioneros quedaron en la lista del turno de
noche. Para la mayoría de ellos significó la muerte en un plazo de quince
días.
La ultima voluntad aprendida de memoria
Y ahora se disponía por segunda vez el transporte al campo de reposo. Y
también ahora se desconocía si era una estratagema para aprovecharse de los
enfermos hasta su último aliento, aun cuando sólo fuera durante catorce días o
si su destino serían las
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cámaras de gas o un campo de reposo verdadero. El médico jefe, que me
había tomado cierto apego, me dijo furtivamente una noche a las diez menos
cuarto: "He hecho saber en el cuarto de mando que todavía se puede borrar
su nombre de la lista; tiene de tiempo hasta las diez." Le dije que eso no
iba conmigo; que yo había aprendido a dejar que el destino siguiera su curso:
"Prefiero quedarme con mis amigos", le contesté. Sus ojos tenían una
expresión de piedad, como si comprendiera... Estrechó mi mano en silencio, a
modo de adiós, no para la vida, sino desde la vida. Despacio, volví a mi
barracón y allí encontré a un buen amigo esperándome: "¿De verdad quieres
irte con ellos?", me dijo con tristeza. "Sí, voy a ir." Se le
saltaron las lágrimas y yo traté de consolarle. Todavía me quedaba algo por
hacer, expresarle mi última voluntad. "Otto, escucha, en caso de que yo no
regrese a casa junto a mi mujer y en caso de que la vuelvas a ver, dile que yo
hablaba de ella a diario, continuamente. Recuérdalo. En segundo lugar, que la
he amado más que a nadie. En tercer lugar, que el breve tiempo que estuve
casado con ella tiene más valor que nada, que pesa en mí más incluso que todo
lo que hemos pasado aquí. Otto, ¿dónde estás ahora? ¿Vives? ¿Qué ha sido de ti
desde aquel momento en que estuvimos juntos por última vez? ¿Encontraste a tu
mujer? ¿Recuerdas cómo te hice aprender de memoria mi última voluntad —palabra
por palabra— a pesar de tus lágrimas de niño? A la mañana siguiente partí con
el transporte. Esta vez no era ningún truco. No nos llevaron a la cámara de
gas, sino a un campo de reposo de verdad. Los que me compadecieron se quedaron
en un campo donde el hambre se iba' a ensañar en ellos con mayor fiereza que en
este nuevo campo. Habían intentado salvarse pero lo que hicieron fue sellar su
propio destino. Meses después, tras la liberación, encontré a un amigo de aquel
campo, quien me contó que él, como policía, había tenido que buscar un trozo de
carne humana que faltaba de un montón de cadáveres y que la rescató de un
puchero donde la encontró cociéndose. El
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canibalismo había hecho su aparición; yo me fui justamente a tiempo. ¿No
recuerda esto el relato de Muerte en Teherán? En cierta ocasión, un persa rico
y poderoso paseaba por el jardín con uno de sus criados, compungido éste porque
acababa de encontrarse con la muerte, quien le había amenazado. Suplicaba a su
amo para que le diera el caballo más veloz y así poder apresurarse y llegar a
Teherán aquella misma tarde. El amo accedió y el sirviente se alejó al galope.
Al regresar a su casa el amo también se encontró a la Muerte y le preguntó:
"¿Por qué has asustado y aterrorizado a mi criado?" "Yo no le he
amenazado, sólo mostré mi sorpresa al verle aquí cuando en mis planes estaba
encontrarle esta noche en Teherán", contestó la muerte.
Planes de fuga
El prisionero de un campo de concentración temía tener que tomar una
decisión o cualquier otra iniciativa. Esto era resultado de un sentimiento muy
fuerte que consideraba al destino dueño de uno y creía que, bajo ningún
concepto, se debía influir en él. Estaba además aquella apatía que, en buena
parte, contribuía a los sentimientos del prisionero. A veces era preciso tomar
decisiones precipitadas que, sin embargo, podían significar la vida o la
muerte. El prisionero hubiera preferido dejar que el destino eligiera por él.
Este querer zafarse del compromiso se hacía más patente cuando el prisionero
debía decidir entre escaparse o no escaparse del campo. En aquellos minutos en
que tenía que reflexionar y decidir —y siempre era cuestión de unos minutos—
sufría todas las torturas del infierno. ¿Debía intentar escaparse? ¿Debía
correr el riesgo? También yo experimenté este tormento. Al irse acercando el
frente de batalla, tuve la oportunidad de escaparme. Un colega mío que visitaba
los barracones fuera del campo cumpliendo sus deberes profesionales quería
evadirse y llevarme con él. Me sacaría de contrabando con el pretexto de que
tenía que consultar con un colega acerca de la enfermedad de un paciente que
requería el asesoramiento del especialista. Una
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vez fuera del campo, un miembro del movimiento de resistencia extranjero
nos proporcionaría uniformes y alimentos. En el último instante surgieron
ciertas dificultades técnicas y tuvimos que regresar al campo una vez más.
Aquella oportunidad nos sirvió para surtirnos de algunas provisiones, unas
cuantas patatas podridas, y hacernos cada uno con una mochila. Entramos en un
barracón vacío de la sección de mujeres, donde no había nadie porque éstas
habían sido enviadas a otro campo. El barracón estaba en el mayor de los
desórdenes: resultaba obvio que muchas mujeres habían conseguido víveres y se
habían escapado. Por todas partes había desperdicios, pajas, alimentos
descompuestos y loza rota. Algunos tazones estaban todavía en buen estado y nos
hubieran servido de mucho, pero decidimos dejarlos. Sabíamos demasiado bien
que, en la última época, en que la situación era cada vez más desesperada, los
tazones no sólo se utilizaban para comer, sino también como palanganas y
orinales. (Regía una norma de cumplimiento estrictamente obligatorio que
prohibía tener cualquier tipo de utensilio en el barracón, pero muchos
prisioneros se vieron forzados a incumplir esta regla, en especial los
afectados de tifus, que estaban demasiado débiles para salir fuera del chamizo
ni aun ayudándoles.) Mientras yo hacía de pantalla, mi amigo entró en el
barracón y al poco volvió trayendo una mochila bajo su chaqueta. Dentro había
visto otra que yo tenía que coger. Así que cambiamos los puestos y entré yo. Al
escarbar entre la basura buscando la mochila y, si podía, un cepillo de dientes
vi, de pronto, entre tantas cosas abandonadas, el cadáver de una mujer. Volví
corriendo a mi barracón y reuní todas mis posesiones: mi cuenco, un par de
mitones rotos, "heredados" de un paciente muerto de tifus, y unos
cuantos recortes de papel con signos taquigráficos (en los que, como ya he
mencionado antes, había empezado a reconstruir el manuscrito que perdí en
Auschwitz). Pasé una última visita rápida a todos mis pacientes que, hacinados,
yacían sobre tablones podridos a ambos lados del barracón. Me acerqué a un
paisano mío, ya casi medio muerto, y cuya vida yo me empeñaba en salvar a pesar
de su situación. Tenía que guardar secreto sobre mi intención de escapar, pero
mi
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camarada pareció adivinar que algo iba mal (tal vez yo estaba un poco
nervioso). Con la voz cansada me preguntó: "¿Te vas tú también?" Yo
lo negué, pero me resultaba muy difícil evitar su triste mirada. Tras mi ronda
volví a verle. Y otra vez sentí su mirada desesperada y sentí como una especie
de acusación. Y se agudizó en mí la desagradable sensación que me oprimía desde
el mismo momento en que le dije a mi amigo que me escaparía con él. De pronto
decidí, por una vez, mandar en mi destino. Salí corriendo del barracón y le
dije a mi amigo que no podía irme con él. Tan pronto como le dije que había
tomado la resolución de quedarme con mis pacientes, aquel sentimiento de
desdicha me abandonó. No sabía lo que me traerían los días sucesivos, pero yo
había ganado una paz interior como nunca antes había experimentado. Volví al
barracón, me senté en los tablones a los pies de mi paisano y traté de
consolarle; después charlé con los demás intentando calmarlos en su delirio. Y
llegó el último día que pasamos en el campo. Según se acercaba el frente, los
transportes se habían ido llevando a. casi todos los prisioneros a otros
campos. Las autoridades, los "capos" y los cocineros se habían
esfumado. Aquel día se dio la orden de que el campo iba a ser totalmente
evacuado al atardecer. Incluso los pocos prisioneros que quedaban (los
enfermos, unos cuantos médicos y algunos "enfermeros") tendrían que
marcharse. Por la noche había que prenderle fuego al campo. Por la tarde aún no
habían aparecido los camiones que vendrían a recoger a los enfermos. Todo lo
contrario; de pronto se cerraron las puertas del campo y se empezó a ejercer
una vigilancia estrecha sobre la alambrada, para evitar cualquier intento de
fuga. Parecía como si hubieran condenado a los prisioneros que quedaban a
quemarse con el campo. Por segunda vez, mi amigo y yo decidimos escapar. Nos
dieron la orden de enterrar a tres hombres al otro lado de la alambrada. Éramos
los únicos que teníamos fuerzas suficientes para realizar aquella tarea. Casi
todos los demás yacían en los pocos barracones que aún se utilizaban, postrados
con fiebre y delirando. Hicimos nuestros planes: cuando lleváramos el primer
cadáver sacaríamos la mochila de mi amigo ocultándola en la vieja tina de ropa
sucia que hacía las veces de ataúd; con el segundo cadáver llevaríamos mi
mochila del mismo modo y en el
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tercer viaje trataríamos de evadirnos. Los dos primeros viajes los
hicimos según lo acordado. Cuando regresamos, esperé a que mi amigo buscara un
trozo de pan para poder comer algo los días que pasáramos en los bosques.
Esperé. Pasaban los minutos y yo me impacientaba cada vez más al ver que no
regresaba. Después de tres años de reclusión, me imaginaba con gozo cómo sería
la libertad, pensaba en lo maravilloso que sería correr en dirección al frente.
Más tarde supe lo peligroso que hubiera sido semejante acción. Pero no llegamos
tan lejos. En el momento en que mi amigo regresaba, la verja del campo se abrió
de pronto y un camión espléndido, de color aluminio y con grandes cruces rojas pintadas
entró despacio hasta la explanada donde formábamos. En él venía un delegado de
la Cruz Roja de Ginebra y el campo y los últimos internados quedaron bajo su
protección. El delegado se alojaba en una granja vecina para estar cerca del
campo en todo momento y acudir en seguida en caso de emergencia. ¿Quién pensaba
ya en evadirse? Del camión descargaban cajas con medicinas, se distribuían
cigarrillos, nos fotografiaban y la alegría era inmensa. Ya no teníamos
necesidad de salir corriendo ni de arriesgarnos hasta llegar al frente de
batalla. En nuestra excitación habíamos olvidado el tercer cadáver, así que lo
sacamos afuera y lo dejamos caer en la estrecha fosa que habíamos cavado para
los tres cuerpos. El guardia que nos acompañaba —un hombre relativamente
inofensivo— se volvió de pronto extremadamente amable. Vio que podían volverse
las tornas y trató de ganarse nuestro favor: se unió a las breves oraciones que
ofrecimos a los muertos antes de echar la tierra sobre ellos. Tras la tensión y
la excitación de los días y horas pasados, las palabras de nuestras oraciones
rogando por la paz fueron tan fervientes como las más ardorosas que voz humana
haya musitado nunca. El último día que pasamos en el campo fue como un anticipo
de la libertad. Pero nuestro regocijo fue prematuro. El delegado de la Cruz
Roja nos aseguró que se había firmado un acuerdo y que no se iba a evacuar el
campo; sin embargo, aquella noche llegaron los camiones de las SS trayendo
orden de despejar el campo. Los últimos prisioneros que quedaban serían
enviados a
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un campo central desde donde se les remitiría a Suiza en 48 horas para
canjearlos por prisioneros de guerra. Apenas podíamos reconocer a los SS, de
tan amables como se mostraban intentando persuadirnos para que entráramos en
los camiones sin miedo y asegurándonos que podíamos felicitarnos por nuestra
buena suerte. Los que todavía tenían fuerzas se amontonaron en los camiones y a
los que estaban seriamente enfermos o muy débiles les izaban con dificultad. Mi
amigo y yo —que ya no escondíamos nuestras mochilas— estábamos en el último
grupo y de él eligieron a trece para la última expedición. El médico jefe contó
el número preciso, pero nosotros dos no estábamos entre ellos. Los trece
subieron al camión y nosotros tuvimos que quedarnos. Sorprendidos,
desilusionados y enfadados increpamos al doctor, que se excusó diciendo que
estaba muy fatigado y se había distraído. Aseguró que había creído que todavía
teníamos intención de evadirnos. Nos sentamos impacientes, con nuestras mochilas
a la espalda, y esperamos con el resto de los prisioneros a que viniera un
último camión. Fue una larga espera. Finalmente, nos echamos sobre los
colchones del cuarto de guardia, ahora desierto, exhaustos por la excitación de
las últimas horas y días, durante las cuales habíamos fluctuado continuamente
entre la esperanza y la desesperación. Dormimos con la ropa y los zapatos
puestos, listos para el viaje. El estruendo de los rifles y cañones nos
despertó. Los fogonazos de las bengalas y los disparos de fusil iluminaban el
barracón. El médico jefe se precipitó dentro ordenándonos que nos echáramos a
tierra. Un prisionero saltó sobre mi estómago desde la litera que quedaba
encima de la mía con zapatos y todo. ¡Vaya si me despertó! Entonces nos dimos
cuenta de lo que sucedía: ¡la línea de fuego había llegado hasta nosotros!
Amenguó el tiroteo y empezó a amanecer. Allá afuera, en el mástil junto a la
verja del campo, una bandera blanca flotaba al viento. Hasta muchas semanas
después no nos enteramos de que, durante aquellas horas, el destino había
jugado con los pocos prisioneros que quedábamos en el campo. Otra vez más
pudimos comprobar cuan inciertas podían ser las decisiones humanas,
especialmente en lo que se refiere a las cosas de la vida y la muerte. Ante mí
tenía las fotografías que se habían
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tomado en un pequeño campo cercano al nuestro. Nuestros amigos que
pensaron viajar hacia la libertad aquella noche, transportados en los camiones,
fueron encerrados en los barracones y seguidamente murieron abrasados. Sus
cuerpos, parcialmente carbonizados, eran perfectamente reconocibles en la
fotografía. Yo pensé de nuevo en el cuento de Muerte en Teherán.
Irritabilidad
Aparte de su función como mecanismo de defensa, la apatía de los
prisioneros era también el resultado de otros factores. El hambre y la falta de
sueño contribuían a ella (al igual que ocurre en la vida normal), así como la
irritabilidad en general, que era otra de las características del estado mental
de los prisioneros. La falta de sueño se debía en parte a la invasión de toda
suerte de bichos molestos que, debido a la falta de higiene y atención
sanitaria, infectaban los barracones tan terriblemente superpoblados. El hecho
de que no tomáramos ni una pizca de nicotina o cafeína contribuía igualmente a
nuestro estado de apatía e irritabilidad. Además de estas causas físicas,
estaban también las mentales, en forma de ciertos complejos. La mayoría de los
prisioneros sufrían de algún tipo de complejo de inferioridad. Todos nosotros
habíamos creído alguna vez que éramos "alguien" o al menos lo
habíamos imaginado. Pero ahora nos trataban como si no fuéramos nadie, como si
no existiéramos. (La conciencia del amor propio está tan profundamente
arraigada en las cosas más elevadas y más espirituales, que no puede arrancarse
ni viviendo en un campo de concentración. ¿Pero cuántos hombres libres, por no
hablar de los prisioneros, lo poseen?) Sin mencionarlo, lo cierto es que el
prisionero medio se sentía terriblemente degradado. Esto se hacía obvio al observar
el contraste que ofrecía la singular estructura sociológica del campo. Los
prisioneros más "prominentes", los "capos", los cocineros,
los intendentes, los policías del campo no se sentían, por lo general,
degradados en modo alguno, como se consideraban la mayoría de
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los prisioneros, sino que al contrario se consideraban ¡promovidos!
Algunos incluso alimentaban mínimas ilusiones de grandeza. La reacción mental
de la mayoría, envidiosa y quejosa, hacia esta minoría favorecida se ponía de
manifiesto de muchas maneras, a veces en forma de chistes. Por ejemplo, una vez
oí a un prisionero hablarle a otro sobre un "Capo" y decirle:
"¡Figúrate! Conocí a ese hombre cuando sólo era presidente de un gran
banco. Ahora, el cargo de "capo" se le ha subido a la cabeza."
Siempre que la mayoría degradada y la minoría promovida entraban en conflicto
(y eran muchas las oportunidades de que tal sucediera, empezando por el reparto
de la comida) los resultados eran explosivos. De suerte que la irritabilidad general
(cuyas causas físicas se analizaron antes) se hacía más intensa cuando se le
añadían estas tensiones mentales. Nada tiene de sorprendente que la tensión
abocara en una lucha abierta. Dado que el prisionero observaba a diario escenas
de golpes, su impulso hacia la violencia había aumentado. Yo sentía también que
cerraba los puños y que la rabia me invadía cuando tenía hambre y cansancio. Y
el cansancio era mi estado normal, ya que durante toda la noche teníamos que
cebar la estufa, que nos permitían tener en el barracón a causa de los enfermos
de tifus. No obstante, algunas de las horas más idílicas que he pasado en mi
vida ocurrieron en medio de la noche cuando todos los demás deliraban o dormían
y yo podía extenderme frente a la estufa y asar unas cuantas patatas robadas en
un fuego alimentado con el carbón que sustraíamos. Pero al día siguiente me
sentía todavía más cansado, insensible e irritable.
Mientras trabajé como médico en el pabellón de los enfermos de tifus,
tuve que ocupar también el puesto de jefe del mismo, lo que quería decir que
ante las autoridades del campo era responsable de su limpieza (si es que se
puede utilizar el término limpieza para describir aquella condición). El
pretexto de la inspección a la que con frecuencia nos sometían era más con
ánimo de torturarnos que por motivos de higiene. Mayor cantidad de alimentos y
unas cuantas medicinas nos hubieran ayudado más, pero la única preocupación de
los inspectores consistía en
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ver si en el centro del pasillo había una brizna de paja o si las mantas
sucias, hechas andrajos e infectadas de piojos estaban bien plegadas y
remetidas a los pies de los pacientes. El destino de los prisioneros no les
preocupaba en absoluto. Si yo me presentaba marcialmente con mi rapada cabeza
descubierta y chocando los talones informaba: "Barracón número VI/9; 52
pacientes, dos enfermeros ayudantes y un médico", se sentían satisfechos.
A renglón seguido se marchaban. Pero hasta que llegaban —solían anunciar su
visita con muchas horas de antelación y muchas veces ni siquiera venían— me
veía obligado a mantener bien estiradas las mantas, a recoger todas las motas
de paja que caían de las literas y a gritar a los pobres diablos que se
revolvían en sus catres, amenazando con desbaratar mis esfuerzos para conseguir
la limpieza y pulcritud requeridas. La apatía crecía sobre todo entre los
pacientes febriles, de suerte que no reaccionaban a nada si no se les gritaba.
A veces fallaban incluso los gritos y ello exigía un tremendo esfuerzo de
autocontrol para no golpearlos. La propia irritabilidad personal adquiría
proporciones inauditas cuando chocaba con la apatía de otro, especialmente en
los casos de peligro (por ejemplo, cuando se avecinaba una inspección) que
tenían su origen en ella.
La libertad interior
Tras este intento de presentación psicológica y explicación
psicopatológica de las características típicas del recluido en un campo de
concentración, se podría sacar la impresión de que el ser humano es alguien
completa e inevitablemente influido por su entorno y (entendiéndose por entorno
en este caso la singular estructura del campo de concentración, que obligaba al
prisionero a adecuar su conducta a un determinado conjunto de pautas). Pero, ¿y
qué decir de la libertad humana? ¿No hay una libertad espiritual con respecto a
la conducta y a la reacción ante un entorno dado? ¿Es cierta la teoría que nos
enseña que el hombre no es más que el producto de muchos factores ambientales
condicionantes, sean de naturaleza biológica, psicológica o
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sociológica? ¿El hombre es sólo un producto accidental de dichos
factores? Y, lo que es más importante, ¿las reacciones de los prisioneros ante
el mundo singular de un campo de concentración, son una prueba de que el hombre
no puede escapar a la influencia de lo que le rodea? ¿Es que frente a tales
circunstancias no tiene posibilidad de elección? Podemos contestar a todas
estas preguntas en base a la experiencia y también con arreglo a los
principios. Las experiencias de la vida en un campo demuestran que el hombre
tiene capacidad de elección. Los ejemplos son abundantes, algunos heroicos, los
cuales prueban que puede vencerse la apatía, eliminarse la irritabilidad. El
hombre puede conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia
mental, incluso en las terribles circunstancias de tensión psíquica y física.
Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban
de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan
que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas
suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la
última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un
conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino. Y allí, siempre había
ocasiones para elegir. A diario, a todas horas, se ofrecía la oportunidad de
tomar una decisión, decisión que determinaba si uno se sometería o no a las
fuerzas que amenazaban con arrebatarle su yo más íntimo, la libertad interna;
que determinaban si uno iba o no iba a ser el juguete de las circunstancias,
renunciando a la libertad y a la dignidad, para dejarse moldear hasta
convertirse en un recluso típico. Visto desde este ángulo, las reacciones
mentales de los internados en un campo dé concentración deben parecemos la
simple expresión de determinadas condiciones físicas y sociológicas. Aun cuando
condiciones tales como la falta de sueño, la alimentación insuficiente y las
diversas tensiones mentales pueden llevar a creer que los reclusos se veían obligados
a reaccionar de cierto modo, en un análisis último se hace patente que el tipo
de persona en que se convertía un
72
prisionero era el resultado de una decisión íntima y no únicamente
producto de la influencia del campo. Fundamentalmente, pues, cualquier hombre
podía, incluso bajo tales circunstancias, decidir lo que sería de él —mental y
espiritualmente—, pues aún en un campo de concentración puede conservar su
dignidad humana. Dostoyevski dijo en una ocasión: "Sólo temo una cosa: no
ser digno de mis sufrimientos" y estas palabras retornaban una y otra vez
a mi mente cuando conocí a aquellos mártires cuya conducta en el campo, cuyo
sufrimiento y muerte, testimoniaban el hecho de que la libertad íntima nunca se
pierde. Puede decirse que fueron dignos de sus sufrimientos y la forma en que
los soportaron fue un logro interior genuino. Es esta libertad espiritual, que
no se nos puede arrebatar, lo que hace que la vida tenga sentido y propósito.
Una vida activa sirve a la intencionalidad de dar al hombre una oportunidad
para comprender sus méritos en la labor creativa, mientras que una vida pasiva
de simple goce le ofrece la oportunidad de obtener la plenitud experimentando
la belleza, el arte o la naturaleza. Pero también es positiva la vida que está casi
vacía tanto de creación como de gozo y que admite una sola posibilidad de
conducta; a saber, la actitud del hombre hacia su existencia, una existencia
restringida por fuerzas que le son ajenas. A este hombre le están prohibidas
tanto la vida creativa como la existencia de goce, pero no sólo son
significativas la creatividad y el goce; todos los aspectos de la vida son
igualmente significativos, de modo que el sufrimiento tiene que serlo también.
El sufrimiento es un aspecto de la vida que no puede erradicarse, como no
pueden apartarse el destino o la muerte. Sin todos ellos la vida no es
completa. La máxima preocupación de los prisioneros se resumía en una pregunta:
¿Sobreviviremos al campo de concentración? De lo contrario, todos estos
sufrimientos carecerían de sentido. La pregunta que a mí, personalmente, me
angustiaba era esta otra: ¿Tiene algún sentido todo este sufrimiento, todas
estas muertes? Si carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al
internamiento. Una vida cuyo último y único sentido consistiera en superarla o
sucumbir, una vida, por tanto, cuyo sentido
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dependiera, en última instancia, de la casualidad no merecería en
absoluto la pena de ser vivida.
El destino, un regalo
El modo en que un hombre acepta su destino y todo el sufrimiento que
éste conlleva, la forma en que carga con su cruz, le da muchas oportunidades
—incluso bajo las circunstancias más difíciles— para añadir a su vida un
sentido más profundo. Puede conservar su valor, su dignidad, su generosidad. O bien,
en la dura lucha por la supervivencia, puede olvidar su dignidad humana y ser
poco más que un animal, tal como nos ha recordado la psicología del prisionero
en un campo de concentración. Aquí reside la oportunidad que el hombre tiene de
aprovechar o de dejar pasar las ocasiones de alcanzar los méritos que una
situación difícil puede proporcionarle. Y lo que decide si es merecedor de sus
sufrimientos o no lo es. No piensen que estas consideraciones son vanas o están
muy alejadas de la vida real. Es verdad que sólo unas cuantas personas son
capaces de alcanzar metas tan altas. De los prisioneros, solamente unos pocos
conservaron su libertad sin menoscabo y consiguieron los méritos que les
brindaba su sufrimiento, pero aunque sea sólo uno el ejemplo, es prueba
suficiente de que la fortaleza íntima del hombre puede elevarle por encima de
su adverso sino. Y estos hombres no están únicamente en los campos de
concentración. Por doquier, el hombre se enfrenta a su destino y tiene siempre
oportunidad de conseguir algo por vía del sufrimiento. Piénsese en el destino
de los enfermos, especialmente de los enfermos incurables. En una ocasión, leí
la carta escrita por un joven inválido, en la que a un amigo le decía que
acababa de saber que no viviría mucho tiempo y que ni siquiera una operación
podría aliviarle su sufrimiento. Continuaba su carta diciendo que se acordaba
de haber visto una película sobre un hombre que esperaba su muerte con valor y
dignidad. Aquel muchacho pensó entonces que era una gran victoria enfrentarse
de este modo a la muerte y ahora —escribía—
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el destino le brindaba a él una oportunidad similar. Los que hace unos
años vimos la película Resurrección —según la novela de Tolstoi— no hubiéramos
pensado nunca en un primer momento que en ella se daban cita grandes destinos y
grandes hombres. En nuestro mundo no se daban tales situaciones por lo que no
había nunca oportunidad de alcanzar tamaña grandeza... Al salir del cine fuimos
al café más próximo, y, junto a una taza de café y un bocadillo, nos olvidamos
de los extraños pensamientos metafísicos que por un momento habían cruzado por
nuestras mentes. Pero cuando también nosotros nos vimos confrontados con un
destino más grande e hicimos frente a la decisión de superarlo con igual
grandeza espiritual, habíamos olvidado ya nuestras resoluciones juveniles, tan
lejanas, y no dimos la talla. Quizás para algunos de nosotros llegue un día en
que veamos otra vez aquella película u otra análoga. Pero para entonces otras
muchas películas habrán pasado simultáneamente ante nuestros ojos del alma;
visiones de gentes que alcanzaron en sus vidas metas más altas de las que puede
mostrar una película sentimental. Algunos detalles, de una muy especial e
íntima grandeza humana, acuden a mi mente; como la muerte de aquella joven de
la que yo fui testigo en un campo de concentración. Es una historia sencilla;
tiene poco que contar, y tal vez pueda parecer invención, pero a mí me suena
como un poema. Esta joven sabía que iba a morir a los pocos días; a pesar de
ello, cuando yo hablé con ella estaba muy animada. "Estoy muy satisfecha
de que el destino se haya cebado en mí con tanta fuerza", me dijo.
"En mi vida anterior yo era una niña malcriada y no cumplía en serio con
mis deberes espirituales." Señalando a la ventana del barracón me dijo:
"Aquel árbol es el único amigo que tengo en esta soledad." A través
de la ventana podía ver justamente la rama de un castaño y en aquella rama
había dos brotes de capullos. "Muchas veces hablo con el árbol", me
dijo. Yo estaba atónito y no sabía cómo tomar sus palabras. ¿Deliraba? ¿Sufría
alucinaciones? Ansiosamente le pregunté si el
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árbol le contestaba. "Sí" ¿Y qué le decía? Respondió: "Me
dice: 'Estoy aquí, estoy aquí, yo soy la vida, la vida eterna."
Análisis de la existencia provisional
Ya hemos dicho que, en última instancia, los responsables del estado de
ánimo más íntimo del prisionero no eran tanto las causas psicológicas ya
enumeradas cuanto el resultado de su libre decisión. La observación psicológica
de los prisioneros ha demostrado que únicamente los hombres que permitían que
se debilitara su interno sostén moral y espiritual caían víctimas de las
influencias degenerantes del campo. Y aquí se suscita la pregunta acerca de lo
que podría o debería haber constituido este "sostén interno". Al
relatar o escribir sus experiencias, todos los que pasaron por la experiencia
de un campo de concentración concuerdan en señalar que la influencia más
deprimente de todas era que el recluso no supiera cuánto tiempo iba a durar su
encarcelamiento. Nadie le dio nunca una fecha para su liberación (en nuestro
campo ni siquiera tenía sentido hablar de ello). En realidad, la duración no
era sólo incierta, sino ilimitada. Un renombrado investigador psicológico
manifestó en cierta ocasión que la vida en un campo de concentración podría
denominarse "existencia provisional". Nosotros completaríamos la
definición diciendo que es "una existencia provisional cuya duración se
desconoce". Por regla general, los recién llegados no sabían nada de las
condiciones de un campo. Los que venían de otros campos se veían obligados a
guardar silencio y, de algunos campos, nadie regresó. Al entrar en él, las
mentes de los prisioneros sufrían un cambio. Con el fin de la incertidumbre
venía la incertidumbre del fin. Era imposible prever cuándo y cómo terminaría
aquella existencia, caso de tener fin. El vocablo latino finis tiene dos
significados: final y meta a alcanzar. El hombre que no podía ver el fin de su
"existencia provisional", tampoco podía aspirar a una meta última en
la vida. Cesaba de vivir para el futuro en
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contraste con el hombre normal. Por consiguiente cambiaba toda la
estructura de su vida íntima. Aparecían otros signos de decadencia como los que
conocemos de otros aspectos de la vida. El obrero parado, por ejemplo, está en
una posición similar. Su existencia es provisional en ese momento y, en cierto
sentido, no puede vivir para el futuro ni marcarse una meta. Trabajos de
investigación realizados sobre los mineros parados han demostrado que sufren de
una particular deformación del tiempo —el tiempo íntimo— que es resultado de su
condición de parados. También los prisioneros sufrían de esta extraña
"experiencia del tiempo". En el campo, una unidad de tiempo pequeña,
un día, por ejemplo, repleto de continuas torturas y de fatiga, parecía no
tener fin, mientras que una unidad de tiempo mayor, quizás una semana, parecía
transcurrir con mucha rapidez. Mis camaradas concordaron conmigo cuando dije
que en el campo el día duraba más que la semana. ¡Cuan paradójica era nuestra
experiencia del tiempo! A este respecto me viene el recuerdo de La Montaña
Mágica, de Thomas Mann, que contiene unas cuantas observaciones psicológicas
muy atinadas. Mann estudia la evolución espiritual de personas que están en
condiciones psicológicas semejantes; es decir, los enfermos de tuberculosis en
un sanatorio, quienes tampoco conocen la fecha en que les darán de alta;
experimentan una existencia similar, sin ningún futuro, sin ninguna meta. Uno
de los prisioneros, que a su llegada marchaba en una larga columna de nuevos
reclusos desde la estación al campo, me dijo más tarde que había sentido como
si estuviera desfilando en su propio funeral. Le parecía que su vida no tenía
ya futuro y contemplaba todo como algo que ya había pasado, como si ya
estuviera muerto. Este sentimiento de falta de vida, de un "cadáver
viviente" se intensificaba por otras causas. Mientras que, en cuanto al
tiempo, lo que se experimentaba de forma más aguda era la duración ilimitada
del período de reclusión, en cuanto al espacio eran los estrechos límites de la
prisión. Todo lo que estuviera al otro lado de la alambrada se antojaba remoto,
fuera del alcance y, de alguna forma, irreal. Lo que sucedía afuera, la gente
de allá, todo lo que era vida normal, adquiría para el prisionero un aspecto
fantasmal. La vida afuera, al menos
77
hasta donde él podía verla, le parecía casi como lo que podría ver un
hombre ya muerto que se asomara desde el otro mundo. El hombre que se dejaba
vencer porque no podía ver ninguna meta futura, se ocupaba en pensamientos
retrospectivos. En otro contexto hemos hablado ya de la tendencia a mirar al
pasado como una forma de contribuir a apaciguar el presente y todos sus
horrores haciéndolo menos real. Pero despojar al presente de su realidad
entrañaba ciertos riesgos. Resultaba fácil desentenderse de las posibilidades
de hacer algo positivo en el campo y esas oportunidades existían de verdad. Ese
ver nuestra "existencia provisional" como algo irreal constituía un
factor importante en el hecho de que los prisioneros perdieran su dominio de la
vida; en cierto sentido todo parecería sin objeto. Tales personas olvidaban que
muchas veces es precisamente una situación externa excepcionalmente difícil lo
que da al hombre la oportunidad de crecer espiritualmente más allá de sí mismo.
En vez de aceptar las dificultades del campo como una manera de probar su
fuerza interior, no toman su vida en serio y la desdeñan como algo
inconsecuente. Prefieren cerrar los ojos y vivir en el pasado. Para estas
personas la vida no tiene ningún sentido. Claro está que sólo unos pocos son
capaces de alcanzar cimas espirituales elevadas. Pero esos pocos tuvieron una
oportunidad de llegar a la grandeza humana aun cuando fuera a través de su
aparente fracaso y de su muerte, hazaña que en circunstancias ordinarias nunca
hubieran alcanzado. A los demás de nosotros, al mediocre y al indiferente, se
les podrían aplicar las palabras de Bismarck: "La vida es como visitar al
dentista. Se piensa siempre que lo peor está por venir, cuando en realidad ya
ha pasado." Parafraseando este pensamiento, podríamos decir que muchos de
los prisioneros del campo de concentración creyeron que la oportunidad de vivir
ya les había pasado y, sin embargo, la realidad es que representó una
oportunidad y un desafío: que o bien se puede convertir la experiencia en
victorias, la vida en un triunfo interno, o bien se puede ignorar el desafío y
limitarse a vegetar como hicieron la mayoría de los prisioneros.
78
Spinoza, educador
Cualquier tentativa de combatir la influencia psicopatológica que el
campo ejercía sobre el prisionero mediante la psicoterapia o los métodos
psicohigiénicos debía alcanzar el objetivo de conferirle una fortaleza
interior, señalándole una meta futura hacia la que poder volverse. De forma
instintiva, algunos prisioneros trataban de encontrar una meta propia. El
hombre tiene la peculiaridad de que no puede vivir si no mira al futuro: sub
specie aeternitatis. Y esto constituye su salvación en los momentos más
difíciles de su existencia, aun cuando a veces tenga que aplicarse a la tarea
con sus cinco sentidos. Por lo que a mí respecta, lo sé por experiencia propia.
Al borde del llanto a causa del tremendo dolor (tenía llagas terribles en los
pies debido a mis zapatos gastados) recorrí con la larga columna de hombres los
kilómetros que separaban el campo del lugar de trabajo. El viento gélido nos
abatía. Yo iba pensando en los pequeños problemas sin solución de nuestra
miserable existencia. ¿Qué cenaríamos aquella noche? ¿Si como extra nos dieran
un trozo de salchicha, convendría cambiarla por un pedazo de pan? ¿Debía
comerciar con el último cigarrillo que me quedaba de un bono que obtuve hacía
quince días y cambiarlo por un tazón de sopa? ¿Cómo podría hacerme con un trozo
de alambre para reemplazar el fragmento que me servía como cordón de los
zapatos? ¿Llegaría al lugar de trabajo a tiempo para unirme al pelotón de
costumbre o tendría que acoplarme a otro cuyo capataz tal vez fuera más brutal?
¿Qué podía hacer para estar en buenas relaciones con un "capo"
determinado que podría ayudarme a conseguir trabajo en el campo en vez de tener
que emprender a diario aquella dolorosa caminata? Estaba disgustado con la
marcha de los asuntos que continuamente me obligaban a ocuparme sólo de
aquellas cosas tan triviales. Me obligué a pensar en otras cosas. De pronto me
vi de pie en la plataforma de un salón de conferencias bien iluminado,
agradable y caliente. Frente a mí tenía un auditorio atento, sentado en cómodas
butacas tapizadas. ¡Yo daba una conferencia sobre la psicología de un campo de
concentración!
79
Visto y descrito desde la mira distante de la ciencia, todo lo que me
oprimía hasta ese momento se objetivaba. Mediante este método, logré cierto
éxito, conseguí distanciarme de la situación, pasar por encima de los
sufrimientos del momento y observarlos como si ya hubieran transcurrido y tanto
yo mismo como mis dificultades se convirtieron en el objeto de un estudio
psicocientífico muy interesante que yo mismo he realizado. ¿Qué dice Spinoza en
su Ética? "Affectus, qui passio est, desinit esse passio simulatque eius
claram et distinctam formamus ideam. La emoción, que constituye sufrimiento,
deja de serlo tan pronto como nos formamos una idea clara y precisa del
mismo." (Ética, 5a parte, "Sobre el poder del espíritu o la libertad humana",
frase III). El prisionero que perdía la fe en el futuro —en su futuro— estaba
condenado. Con la pérdida de la fe en el futuro perdía, asimismo, su sostén
espiritual; se abandonaba y decaía y se convertía en el sujeto del
aniquilamiento físico y mental. Por regla general, éste se producía de pronto,
en forma de crisis, cuyos síntomas eran familiares al recluso con experiencia
en el campo. Todos temíamos este momento no ya por nosotros, lo que no hubiera
tenido importancia, sino por nuestros amigos. Solía comenzar cuando una mañana
el prisionero se negaba a vestirse y a lavarse o a salir fuera del barracón. Ni
las súplicas, ni los golpes, ni las amenazas surtían ningún efecto. Se limitaba
a quedarse allí, sin apenas moverse. Si la crisis desembocaba en enfermedad, se
oponía a que lo llevaran a la enfermería o hacer cualquier cosa por ayudarse.
Sencillamente se entregaba. Y allí se quedaba tendido sobre sus propios
excrementos sin importarle nada. Una vez presencié una dramática demostración
del estrecho nexo entre la pérdida de la fe en el futuro y su consiguiente
final. F., el jefe de mi barracón, compositor y libretista bastante famoso, me
confió un día: "Me gustaría contarle algo, doctor. He tenido un sueño
extraño. Una voz me decía que deseara lo que quisiera, que lo único que tenía
que hacer era decir lo que quería saber y todas mis preguntas tendrían
respuesta. ¿Quiere saber lo que le
80
pregunté? Que me gustaría conocer cuándo terminaría para mí la guerra.
Ya sabe lo que quiero decir, doctor, ¡para mí! Quería saber cuándo seríamos
liberados nosotros, nuestro campo, y cuándo tocarían a su fin nuestros
sufrimientos." "¿Y cuándo tuvo usted ese sueño?", le pregunté.
"En febrero de 1945", contestó. Por entonces estábamos a principios
de marzo. "¿Y qué le contestó la voz?" Furtivamente me susurró:
"El treinta de marzo." Cuando F. me habló de aquel sueño todavía
estaba rebosante de esperanza y convencido de que la voz de su sueño no se
equivocaba. Pero al acercarse el día señalado, las noticias sobre la evolución
de la guerra que llegaban a nuestro campo no hacían suponer la probabilidad de
que nos liberaran en la fecha prometida. El 29 de marzo y de repente F. cayó
enfermo con una fiebre muy alta. El día 30 de marzo, el día que la profecía le
había dicho que la guerra y el sufrimiento terminarían para él, cayó en un
estado de delirio y perdió la conciencia. El día 31 de marzo falleció. Según
todas las apariencias murió de tifus.
Los que conocen la estrecha relación que existe entre el estado de ánimo
de una persona —su valor y sus esperanzas, o la falta de ambos— y la capacidad
de su cuerpo para conservarse inmune, saben también que si repentinamente
pierde la esperanza y el valor, ello puede ocasionarle la muerte. La causa
última de la muerte de mi amigo fue que la esperada liberación no se produjo y
esto le desilusionó totalmente; de pronto, su cuerpo perdió resistencia contra
la infección tifoidea latente. Su fe en el futuro y su voluntad de vivir se
paralizaron y su cuerpo fue presa de la enfermedad, de suerte que sus sueños se
hicieron finalmente realidad. Las observaciones sobre este caso y la conclusión
que de ellas puede extraerse concuerdan con algo sobre lo que el médico jefe
del campo me llamó la atención: la tasa de mortandad semanal en el campo
aumentó por encima de todo lo previsto desde las Navidades de 1944 al Año Nuevo
de 1945. A su entender, la
81
explicación de este aumento no estaba en el empeoramiento de nuestras
condiciones de trabajo, ni en una disminución de la ración alimenticia, ni en
un cambió climatológico, ni en el brote de nuevas epidemias. Se trataba
simplemente de que la mayoría de los prisioneros había abrigado la ingenua
ilusión de que para Navidad les liberarían. Según se iba acercando la fecha sin
que se produjera ninguna noticia alentadora, los prisioneros perdieron su valor
y les venció el desaliento. Como ya dijimos antes, cualquier intento de
restablecer la fortaleza interna del recluso bajo las condiciones de un campo
de concentración pasa antes que nada por el acierto en mostrarle una meta
futura. Las palabras de Nietzsche: "Quien tiene algo por qué vivir, es
capaz de soportar cualquier cómo" pudieran ser la motivación que guía
todas las acciones psicoterapéuticas y psicohigiénicas con respecto a los
prisioneros. Siempre que se presentaba la oportunidad, era preciso inculcarles
un porque —una meta— de su vivir, a fin de endurecerles para soportar el
terrible como de su existencia. Desgraciado de aquel que no viera ningún
sentido en su vida, ninguna meta, ninguna intencionalidad y, por tanto, ninguna
finalidad en vivirla, ése estaba perdido. La respuesta típica que solía dar
este hombre a cualquier razonamiento que tratara de animarle, era: "Ya no
espero nada de la vida." ¿Qué respuesta podemos dar a estas palabras?
La pregunta por el sentido de la vida
Lo que de verdad necesitamos es un cambio radical en nuestra actitud
hacia la vida. Tenemos que aprender por nosotros mismos y* después, enseñar a
los desesperados que en realidad no importa que no esperemos nada de la vida,
sino si la vida espera algo de nosotros. Tenemos que dejar de hacernos
preguntas sobre el significado de la vida y, en vez de ello, pensar en nosotros
como en seres a quienes la vida les inquiriera continua e incesantemente.
Nuestra contestación tiene que estar hecha no de palabras ni tampoco de
meditación, sino de una conducta y una actuación rectas. En última instancia,
vivir significa asumir la
82
responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas que
ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada
individuo. Dichas tareas y, consecuentemente, el significado de la vida,
difieren de un hombre a otro, de un momento a otro, de modo que resulta
completamente imposible definir el significado de la vida en términos
generales. Nunca se podrá dar respuesta a las preguntas relativas al sentido de
la vida con argumentos especiosos. "Vida" no significa algo vago,
sino algo muy real y concreto, que configura el destino de cada hombre,
distinto y único en cada caso. Ningún hombre ni ningún destino pueden
compararse a otro hombre o a otro destino. Ninguna situación se repite y cada
una exige una respuesta distinta; unas veces la situación en que un hombre se
encuentra puede exigirle que emprenda algún tipo de acción; otras, puede
resultar más ventajoso aprovecharla para meditar y sacar las consecuencias
pertinentes. Y, a veces, lo que se exige al hombre puede ser simplemente
aceptar su destino y cargar con su cruz. Cada situación se diferencia por su
unicidad y en todo momento no hay más que una única respuesta correcta al
problema que la situación plantea. Cuando un hombre descubre que su destino es
sufrir, ha de aceptar dicho sufrimiento, pues ésa es su sola y única tarea. Ha
de reconoces el hecho de que, incluso sufriendo, él es único y está solo en el
universo. Nadie puede redimirle de su sufrimiento ni sufrir en su lugar. Su
única oportunidad reside en la actitud que adopte al soportar su carga. En
cuanto a nosotros, como prisioneros, tales pensamientos no eran especulaciones
muy alejadas de la realidad, eran los únicos pensamientos capaces de ayudarnos,
de liberarnos de la desesperación, aun cuando no se vislumbrara ninguna
oportunidad de salir con vida. Ya hacía tiempo que habíamos pasado por la etapa
de pedir a la vida un sentido, tal como el de alcanzar alguna meta mediante la
creación activa de algo valioso. Para nosotros el significado de la vida
abarcaba círculos más amplios, como son los de la vida y la muerte y por este
sentido es por el que luchábamos.
83
Sufrimiento como prestación
Una vez que nos fue revelado el significado del sufrimiento, nos negamos
a minimizar o aliviar las torturas del campo a base de ignorarlas o de abrigar
falsas ilusiones o de alimentar un optimismo artificial. El sufrimiento se
había convertido en una tarea a realizar y no queríamos volverle la espalda.
Habíamos aprehendido las oportunidades de logro que se ocultaban en él,
oportunidades que habían llevado al poeta Rilke a decir: "Wie viel ist
aufzuleiden" "¡Por cuánto sufrimiento hay que pasar!." Rilke
habló de "conseguir mediante el sufrimiento" donde otros hablan de
"conseguir por medio del trabajo". Ante nosotros teníamos una buena
cantidad de sufrimiento que debíamos soportar, así que era preciso hacerle
frente procurando que los momentos de debilidad y de lágrimas se redujeran al
mínimo. Pero no había ninguna necesidad de avergonzarse de las lágrimas, pues
ellas testificaban que el hombre era verdaderamente valiente; que tenía el
valor de sufrir. No obstante, muy pocos lo entendían así. Algunas veces, alguien
confesaba avergonzado haber llorado, como aquel compañero que respondió a mi
pregunta sobre cómo había vencido el edema, confesando: "Lo he expulsado
de mi cuerpo a base de lágrimas."
Algo nos espera
Siempre que era posible, en el campo se aplicaba algo que podría
definirse como los fundamentos de la psicoterapia o de la psicohigiene, tanto
individual como colectivamente. Los esbozos de psicoterapia individual solían
ser del tipo del "procedimiento para salvar la vida". Dichas acciones
se emprendían por regla general con vistas a evitar los suicidios. Una regla
del campo muy estricta prohibía que se tomara ninguna iniciativa tendente a
salvar a un hombre que tratara de suicidarse. Por ejemplo, se prohibía cortar
la soga del hombre que intentaba ahorcarse, por
84
consiguiente, era de suma importancia impedir que se llegara a tales
extremos. Recuerdo dos casos de suicidio frustrado que guardan entre sí mucha
similitud. Ambos prisioneros habían comentado sus intenciones de suicidarse
basando su decisión en el argumento típico de que ya no esperaban nada de la
vida. En ambos casos se trataba por lo tanto de hacerles comprender que la vida
todavía esperaba algo de ellos. A uno le quedaba un hijo al que él adoraba y
que estaba esperándole en el extranjero. En el otro caso no era una persona la
que le esperaba, sino una cosa, ¡su obra! Era un científico que había iniciado
la publicación de una colección de libros que debía concluir. Nadie más que él
podía realizar su trabajo, lo mismo que nadie más podría nunca reemplazar al
padre en el afecto del hijo. La unicidad y la resolución que diferencian a cada
individuo y confieren un significado a su existencia tienen su incidencia en la
actividad creativa, al igual que la tienen en el amor. Cuando se acepta la
imposibilidad de reemplazar a una persona, se da paso para que se manifieste en
toda su magnitud la responsabilidad que el hombre asume ante su existencia. El
hombre que se hace consciente de su responsabilidad ante el ser humano que le
espera con todo su afecto o ante una obra inconclusa no podrá nunca tirar su
vida por la borda. Conoce el "porqué" de su existencia y podrá
soportar casi cualquier "cómo".
Una palabra a tiempo
Las oportunidades para la psicoterapia colectiva eran limitadas. El
ejemplo correcto era más efectivo de lo que pudieran serlo las palabras. Los
jefes de barracón que no eran autoritarios, por ejemplo, tenían precisamente
por su forma de ser y actuar mil oportunidades de ejercitar una influencia de
largo alcance sobre los que estaban bajo su jurisdicción. La influencia
inmediata de una determinada forma de conducta es siempre más efectiva que las
palabras. Pero, a veces, una palabra también resulta efectiva cuando la
receptividad mental se intensifica con motivo
85
de las circunstancias externas. Recuerdo un incidente en que hubo lugar
para realizar una labor terapéutica sobre todos los prisioneros de un barracón,
como consecuencia de la intensificación de su receptividad provocada por una
determinada situación externa. Había sido un día muy malo. A la hora de la
formación se había leído un anuncio sobre los muchos actos que, de entonces en
adelante, se considerarían acciones de sabotaje y, por consiguiente, punibles
con la horca. Entre estas faltas se incluían nimiedades como cortar pequeñas
tiras de nuestras viejas mantas (para utilizarlas como vendajes para los
tobillos) y "robos mínimos. Hacía unos días que un prisionero al borde de
la inanición había entrado en el almacén de víveres y había robado algunos
kilos de patatas. El robo se descubrió y algunos prisioneros reconocieron al
"ladrón". Cuando las autoridades del campo tuvieron noticia de lo
sucedido, ordenaron que les entregáramos al culpable; si no, todo el campo
ayunaría un día. Claro está que los 2500 hombres prefirieron callar. La tarde
de aquel día de ayuno yacíamos exhaustos en los camastros. Nos encontrábamos en
las horas más bajas. Apenas sé decía palabra y las que se pronunciaban tenían
un tono de irritación. Entonces, y para empeorar aún más las cosas, se apagó la
luz. Los estados de ánimo llegaron a su punto más bajo. Pero el jefe de nuestro
barracón era un hombre sabio e improvisó una pequeña charla sobre todo lo que
bullía en nuestra mente en aquellos momentos. Se refirió a los muchos
compañeros que habían muerto en los últimos días por enfermedad o por suicidio,
pero también indicó cuál había sido la verdadera razón de esas muertes: la
pérdida de la esperanza. Aseguraba que tenía que haber algún medio de prevenir
que futuras víctimas llegaran a estados tan extremos. Y al decir esto me
señalaba a mí para que les aconsejara. Dios sabe que no estaba en mi talante
dar explicaciones psicológicas o predicar sermones a fin de ofrecer a mis
camaradas algún tipo de cuidado médico de sus almas. Tenía frío y sueño, me sentía
irritable y cansado, pero hube de sobreponerme a mí mismo y aprovechar la
oportunidad. En aquel momento era más necesario que nunca infundirles
ánimos.
86
Asistencia psicológica
Seguidamente hablé del futuro inmediato. Y dije que, para el que quisiera
ser imparcial, éste se presentaba bastante negro y concordé con que cada uno de
nosotros podía adivinar que sus posibilidades de supervivencia eran mínimas:
aun cuando ya no había epidemia de tifus yo estimaba que mis propias
oportunidades estaban en razón de uno a veinte. Pero también les dije que, a
pesar de ello, no tenía intención de perder la esperanza y tirarlo todo por la
borda, pues nadie sabía lo que el futuro podía depararle y todavía menos la
hora siguiente. Y aun cuando no cabía esperar ningún acontecimiento militar
importante en los días sucesivos, quiénes mejor que nosotros, con nuestra larga
experiencia en los campos para saber que a veces se ofrecían, de repente,
grandes oportunidades, cuando menos a nivel individual. Por ejemplo, cabía la
posibilidad de que, inesperadamente, uno fuera destinado a un grupo especial
que gozara de condiciones laborales particularmente favorables, ya que este
tipo de cosas constituían la "suerte" del prisionero. Pero no. sólo
hablé del futuro y del velo que lo cubría. También les hablé del pasado: de
todas sus alegrías y de la luz que irradiaba, brillante aun en la presente
oscuridad. Para evitar que mis palabras sonaran como las de un predicador, cité
de nuevo al poeta que había escrito: “Was du erlebt, kann keine Macht der Welt
dir rauben, ningún poder de la tierra podrá arrancarte lo que has vivido.” No
ya sólo nuestras experiencias, sino cualquier cosa que hubiéramos hecho,
cualesquiera pensamientos que hubiéramos tenido, así como todo lo que habíamos sufrido,
nada de ello se había perdido, aun cuando hubiera pasado; lo habíamos hecho
ser, y haber sido es también una forma de ser y quizá la más segura.
Seguidamente me referí a las muchas oportunidades existentes para darle un
sentido a la vida. Hablé a mis camaradas (que yacían inmóviles, si bien de vez
en cuando se oía algún suspiro) de que la vida humana no cesa nunca, bajo
ninguna
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circunstancia, y de que este infinito significado de la vida comprende
también el sufrimiento y la agonía, las privaciones y la muerte. Pedí a
aquellas pobres criaturas que me escuchaban atentamente en la oscuridad del
barracón que hicieran cara a lo serio de nuestra situación. No tenían que
perder las esperanzas, antes bien debían conservar el valor en la certeza de que
nuestra lucha desesperada no perdería su dignidad ni su sentido. Les aseguré
que en las horas difíciles siempre había alguien que nos observaba —un amigo,
una esposa, alguien que estuviera vivo o muerto, o un Dios— y que sin duda no
querría que le decepcionáramos, antes bien, esperaba que sufriéramos con
orgullo —y no miserablemente— y que supiéramos morir. Y, finalmente, les hablé
de nuestro sacrificio, que en cada caso tenía un significado. En la naturaleza
de este sacrificio estaba el que pareciera insensato para la vida normal, para
el mundo donde imperaba el éxito material. Pero nuestro sacrificio sí tenía un
sentido. Los que profesaran una fe religiosa, dije con franqueza, no hallarían
dificultades para entenderlo. Les hablé de un camarada que al llegar al campo
había querido hacer un pacto con el cielo para que su sacrificio y su muerte
liberaran al ser que amaba de un doloroso final. Para él, tanto el sufrimiento
como la muerte y, especialmente, aquel sacrificio, eran significativos. Por
nada del mundo quería morir, como tampoco lo queríamos ninguno de nosotros. Mis
palabras tenían como objetivo dotar a nuestra vida de un significado, allí y
entonces, precisamente en aquel barracón y aquella situación, prácticamente
desesperada. Pude comprobar que había logrado mi propósito, pues cuando se
encendieron de nuevo las luces, las miserables figuras de mis camaradas se
acercaron renqueantes hacia mí para darme las gracias, con lágrimas en los
ojos. Sin embargo, es preciso que confiese aquí que sólo muy raras veces hallé
en mi interior fuerzas para establecer este tipo de contacto con mis compañeros
de sufrimientos y que, seguramente, perdí muchas oportunidades de hacerlo.
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Psicología de los guardias del campamento
Llegamos ya a la tercera fase de las reacciones espirituales del
prisionero: su psicología tras la liberación. Pero antes de entrar en ella
consideremos una pregunta que suele hacérsele al psicólogo, sobre todo cuando
conoce el tema por propia experiencia: ¿Qué opina del carácter psicológico de
los guardias del campo? ¿Cómo es posible que hombres de carne y hueso como los
demás pudieran tratar a sus semejantes en la forma que los prisioneros aseguran
que los trataron? Si tras haber oído una y otra vez los relatos de las
atrocidades cometidas se llega al convencimiento de que, por increíbles que
parezcan, sucedieron de verdad, lo inmediato es preguntar cómo pudieron ocurrir
desde un punto de vista psicológico. Para contestar a esta pregunta, aunque sin
entrar en muchos detalles, es preciso puntualizar algunas cosas. En primer
lugar, había entre los guardias algunos sádicos, sádicos en el sentido clínico
más estricto. En segundo lugar, se elegía especialmente a los sádicos siempre
que se necesitaba un destacamento de guardias muy severos. A esa selección
negativa de la que ya hemos hablado en otro lugar, como la que se realizaba
entre la masa de los propios prisioneros para elegir a aquellos que debían
ejercer la función de "capos" y en la que es fácil comprender que, a
menudo, fueran los individuos más brutales y egoístas los que tenían más
probabilidades de sobrevivir, a esta selección negativa, pues, se añadía en el
campo la selección positiva de los sádicos. Se armaba un gran revuelo de
alegría cuando, tras dos horas de' duro bregar bajo la cruda helada, nos
permitían calentarnos unos pocos minutos allí mismo, al pie del trabajo, frente
a una pequeña estufa que se cargaba con ramitas y virutas de madera. Pero
siempre había algún capataz que sentía gran placer en privarnos de esta pequeña
comodidad. Su rostro expresaba bien a las claras la satisfacción que sentía no
ya sólo al prohibirnos estar allí, sino volcando la estufa y hundiendo su
amoroso fuego en la nieve. Cuando a las SS les molestaba determinada persona,
siempre había en sus filas alguien especialmente dotado y altamente
especializado en la tortura sádica a quien se enviaba al
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desdichado prisionero. En tercer lugar, los sentimientos de la mayoría
de los guardias se hallaban embotados por todos aquellos años en que, a ritmo
siempre creciente, habían sido testigos de los brutales métodos del campo. Los
que estaban endurecidos moral y mentalmente rehusaban, al menos, tomar parte
activa en acciones de carácter sádico, pero no impedían que otros las
realizaran. En cuarto lugar, es preciso afirmar que aun entre los guardias
había algunos que sentían lástima de nosotros. Mencionaré únicamente al
comandante del campo del que fui liberado. Después de la liberación —y sólo el
médico del campo, que también era prisionero, tenía conocimiento de ello antes
de esa fecha— me enteré de que dicho comandante había comprado en la localidad
más próxima medicinas destinadas a los prisioneros y había pagado de su propio
bolsillo cantidades nada despreciables. Por lo que se refiere a este comandante
de las SS, ocurrió un incidente interesante relativo a la actitud que tomaron
hacia él algunos de los prisioneros judíos. Al acabar la guerra y ser liberados
por las tropas norteamericanas, tres jóvenes judíos húngaros escondieron al
comandante en los bosques bávaros. A continuación se presentaron ante el
comandante de las fuerzas americanas, quien estaba ansioso por capturar a aquel
oficial de las SS, para decirle que le revelarían donde se encontraba
únicamente bajo determinadas condiciones: el comandante norteamericano tenía
que prometer que no se haría ningún daño a aquel hombre. Tras pensarlo un rato,
el comandante prometió a los jóvenes judíos que cuando capturara al prisionero
se ocuparía de que no le causaran la más mínima lesión y no sólo cumplió su promesa,
sino que, como prueba de ello, el antiguo comandante del campo de concentración
fue, de algún modo, repuesto en su cargo, encargándose de supervisar la
recogida de ropas entre las aldeas bávaras más próximas y de distribuirlas
entre nosotros. El prisionero más antiguo del campo era, sin embargo, mucho
peor que todos los guardias de las SS juntos. Golpeaba a los demás prisioneros
a la más mínima falta, mientras que el comandante alemán, hasta donde yo sé, no
levantó nunca la mano contra ninguno de nosotros.
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Es evidente que el mero hecho de saber que un hombre fue guardia del
campo o prisionero nada nos dice. La bondad humana se encuentra en todos los
grupos, incluso en aquellos que, en términos generales, merecen que se les
condene. Los límites entre estos grupos se superponen muchas veces y no debemos
inclinarnos a simplificar las cosas asegurando que unos hombres eran unos
ángeles y otros unos demonios. Lo cierto es que, tratándose de un capataz, el
hecho de ser amable con los prisioneros a pesar de todas las perniciosas
influencias del campo es un gran logro, mientras que la vileza del prisionero
que maltrata a sus propios compañeros merece condenación y desprecio en grado
sumo. Obviamente, los prisioneros veían en estos hombres una falta de carácter
que les desconcertaba especialmente, mientras que se sentían profundamente
conmovidos por la más mínima muestra de bondad recibida de alguno de los
guardias. Recuerdo que un día un capataz me dio en secreto un trozo de pan que
debió haber guardado de su propia ración del desayuno. Pero me dio algo más, un
"algo" humano que hizo que se me saltaran las lágrimas: la palabra y
la mirada con que aquel hombre acompañó el regalo. De todo lo expuesto debemos
sacar la consecuencia de que hay dos razas de hombres en el mundo y nada más
que dos: la "raza" de los hombres decentes y la raza de los
indecentes. Ambas se encuentran en todas partes y en todas las capas sociales.
Ningún grupo se compone de hombres decentes o de hombres indecentes, así sin
más ni más. En este sentido, ningún grupo es de "pura raza" y, por
ello, a veces se podía encontrar, entre los guardias, a alguna persona decente.
La vida en un campo de concentración abría de par en par el alma humana y
sacaba a la luz sus abismos. ¿Puede sorprender que en estas profundidades
encontremos, una vez más, únicamente cualidades humanas que, en su naturaleza
más íntima, eran una mezcla del bien y del mal? La escisión que separa el bien
del mal, que atraviesa imaginariamente a todo ser humano, alcanza a las
profundidades más hondas y se hizo manifiesta en el fondo del abismo que se
abrió en los campos de concentración.
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Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor
que ninguna otra generación. ¿Qué es, en realidad, el hombre? Es el ser que
siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero
asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una
oración.
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TERCERA FASE: DESPUÉS DE LA LIBERACIÓN
Y ahora, en el último capítulo dedicado a la psicología de un campo de
concentración, analicemos la psicología del prisionero que ha sido liberado.
Para describir las experiencias de la liberación, que han de ser personales por
fuerza, reanudaremos el hilo en aquella parte de nuestro relato que hablaba de
la mañana en que, tras varios días de gran tensión, se izó la bandera blanca a
la entrada del campo. Al estado de ansiedad interior siguió una relajación
total. Pero se equivocaría quien pensase que nos volvimos locos de alegría.
¿Qué sucedió, entonces? Con torpes pasos, los prisioneros nos arrastramos hasta
las puertas del campo. Tímidamente miramos a nuestro derredor y nos mirábamos
los unos a los otros interrogándonos. Seguidamente, nos aventuramos a dar unos
cuantos pasos fuera del campo y esta vez nadie nos impartía órdenes a gritos,
ni teníamos que apresurarnos en evitación de un golpe o un puntapié. ¡Oh, no!
¡Esta vez los guardias nos ofrecían cigarrillos! Al principio a duras penas
podíamos reconocerlos, ya que se habían dado mucha prisa en cambiarse de ropa y
vestían de civiles. Caminábamos despacio por la carretera que partía del campo.
Pronto sentimos dolor en las piernas y temimos caernos, pero nos repusimos,
queríamos ver los alrededores del campo con los ojos de los hombres libres, por
vez primera. "¡Somos libres!", nos decíamos una y otra vez y aún así
no podíamos creerlo. Habíamos repetido tantas veces esta palabra durante los
años que soñamos con ella, que ya había perdido su significado. Su realidad no
penetraba en nuestra conciencia; no podíamos aprehender el hecho de que la
libertad nos perteneciera. Llegamos a los prados cubiertos de flores. Las
contemplábamos y nos dábamos cuenta de que estaban allí, pero no despertaban en
nosotros ningún sentimiento. El primer destello de alegría se produjo cuando
vimos un gallo con su cola de plumas multicolores. Pero no fue más que un
destello: todavía
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no pertenecíamos a este mundo. Por la tarde y cuando otra vez nos
encontramos en nuestro barracón, un hombre le dijo en secreto a otro:
"¿Dime, estuviste hoy contento?" Y el otro le contestó un tanto
avergonzado, pues no sabía que los demás sentíamos de igual modo: "Para
ser franco: no." Literalmente hablando, habíamos perdido la capacidad de
alegrarnos y teníamos que volverla a aprender, lentamente.
Desde el punto de vista psicológico, lo que les sucedía a los
prisioneros liberados podría denominarse "despersonalización". Todo
parecía irreal, improbable, como un sueño. No podíamos creer que fuera verdad.
¡Cuántas veces, en los pasados años, nos habían engañado los sueños! Habíamos
soñado con que llegaba el día de la liberación, con que nos habían liberado ya,
habíamos vuelto a casa, saludado a los amigos, abrazado a la esposa, nos
habíamos sentado a la mesa y empezado a contar todo lo que habíamos pasado,
incluso que muy a menudo habíamos contemplado, en nuestros sueños, el día de
nuestra liberación. Y entonces un silbato traspasaba nuestros oídos —la señal
de levantarnos— y todos nuestros sueños se venían abajo. Y ahora el sueño se
había hecho realidad. ¿Pero podíamos creer de verdad en él? El cuerpo tiene
menos inhibiciones que la mente, así que desde el primer momento hizo buen uso
de la libertad recién adquirida y empezó a comer vorazmente, durante horas y
días enteros, incluso en mitad de la noche. Sorprende pensar las ingentes
cantidades que se pueden comer. Y cuando a uno de los prisioneros le invitaba
algún granjero de la vecindad, comía y comía y bebía café, lo cual le soltaba
la lengua y entonces hablaba y hablaba horas enteras. La presión que durante
años había oprimido su mente desaparecía al fin. Oyéndole hablar se tenía la
impresión de que tenía que hablar, de que su deseo de hablar era irresistible.
Supe de personas que habían sufrido una presión muy intensa durante un corto
período de tiempo (por ejemplo pasar un interrogatorio de la Gestapo) y
experimentaron idénticas reacciones. Pasaron muchos días antes de que no
sólo
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se soltara la lengua, sino también algo que estaba dentro de todos
nosotros; y, de pronto, aquel sentimiento se abrió por entre las extrañas
cadenas que lo habían constreñido. Un día, poco después de nuestra liberación,
yo paseaba por la campiña florida, camino del pueblo más próximo. Las alondras
se elevaban hasta el cielo y yo podía oír sus gozosos cantos; no había nada más
que la tierra y el cielo y el júbilo de las alondras, y la libertad del
espacio. Me detuve, miré en derredor, después al cielo, y finalmente caí de
rodillas. En aquel momento yo sabía muy poco de mí o del mundo, sólo tenía en
la cabeza una frase, siempre la misma: "Desde mi estrecha prisión llamé a
mi Señor y él me contestó desde el espacio en libertad." No recuerdo
cuanto tiempo permanecí allí, de rodillas, repitiendo una y otra vez mi
jaculatoria. Pero yo sé que aquel día, en aquel momento, mi vida empezó otra
vez. Fui avanzando, paso a paso, hasta volverme de nuevo un ser humano.
El desahogo
El camino que partía de la aguda tensión espiritual de los últimos días
pasados en el campo (de la guerra de nervios a la paz mental) no estaba exento
de obstáculos. Sería un error pensar que el prisionero liberado no tenía ya
necesidad de ningún cuidado. Debemos considerar que un hombre que ha vivido
bajo una presión mental tan tremenda y durante tanto tiempo, corre también
peligro después de la liberación, sobre todo habiendo cesado la tensión tan de
repente. Dicho peligro (desde el punto de vista de la higiene psicológica) es
la contrapartida psicológica de la aeroembolia. Lo mismo que la salud física de
los que trabajan en cámaras de inmersión correría peligro si, de repente,
abandonaran la cámara (donde se encuentran bajo una tremenda presión atmosférica),
así también el hombre que ha sido liberado repentinamente de la presión
espiritual puede sufrir daño en su salud psíquica. Durante esta fase
psicológica se observaba que las personas de naturaleza más primitiva no podían
escapar a las influencias de
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la brutalidad que les había rodeado mientras vivieron en el campo.
Ahora, al verse libres, pensaban que podían hacer uso de su libertad
licenciosamente y sin sujetarse a ninguna norma. Lo único que había cambiado
para ellos era que en vez de ser oprimidos eran opresores. Se convirtieron en
instigadores y no objetores, de la fuerza y de la injusticia. Justificaban su
conducta en sus propias y terribles experiencias y ello solía ponerse de
manifiesto en situaciones aparentemente inofensivas. En una ocasión paseaba yo
con un amigo camino del campo de concentración, cuando de pronto llegamos a un
sembrado de espigas verdes. Automáticamente yo las evité, pero él me agarró del
brazo y me arrastró hacia el sembrado. Yo balbucí algo referente a no tronchar
las tiernas espigas. Se enfadó mucho conmigo, me lanzó una mirada airada y me
gritó: "¡No me digas! ¿No nos han quitado bastante ellos a nosotros? Mi
mujer y mi hijo han muerto en la cámara de gas —por no mencionar las demás
cosas— y tú me vas a prohibir que tronche unas pocas espigas de trigo?"
Sólo muy lentamente se podía devolver a aquellos hombres a la verdad lisa y
llana de que nadie tenía derecho a obrar mal, ni aun cuando a él le hubieran
hecho daño. Tendríamos que luchar para hacerles volver a esa verdad, o las
consecuencias serían aún peores que la pérdida de unos cuantos cientos de
granos de trigo. Todavía puedo ver a aquel prisionero que, enrollándose las
mangas de la camisa, metió su mano derecha bajo mi nariz y gritó: "¡Qué me
corten la mano si no me la tiño con sangre el día que vuelva a casa!"
Quiero recalcar que quien decía estas palabras no era un mal tipo: fue el mejor
de los camaradas en el campo y también después. Aparte de la deformidad moral
resultante del repentino aflojamiento de la tensión espiritual, otras dos
experiencias mentales amenazaban con dañar el carácter del prisionero liberado:
la amargura y la desilusión que sentía al volver a su antigua vida. La amargura
tenía su origen en todas aquellas cosas contra las que se rebelaba cuando
volvía a su ciudad. Cuando, a su regreso, aquel hombre veía que en muchos
lugares se le recibía sólo con
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un encogimiento de hombros y unas cuantas frases gastadas, solía
amargarse preguntándose por qué había tenido que pasar por todo aquello. Cuando
por doquier oía casi las mismas palabras: "No sabíamos nada" y
"nosotros también sufrimos", se hacía siempre la misma pregunta. ¿Es
que no tienen nada mejor que decirme? La experiencia de la desilusión es algo
distinta. En este caso no era ya el amigo (cuya superficialidad y falta de
sentimientos disgustaban tanto al exclaustrado que finalmente se sentía como si
se arrastrara por un agujero sin ver ni oír a ningún ser humano) que le parecía
cruel, sino su propio sino. El hombre que durante años había creído alcanzar el
límite absoluto del sufrimiento se encontraba ahora con que el sufrimiento no
tenía límites y con que todavía podía sufrir más y más intensamente. Cuando
hablábamos de los intentos de infundir en el prisionero ánimo para superar su
situación, decíamos que había que mostrarle algo que le hiciera pensar en el
porvenir. Había que recordarle que la vida todavía le estaba esperando, que un
ser humano aguardaba a que él regresara. Pero, ¿y después de la liberación?
Algunos se encontraron con que nadie les esperaba. Desgraciado de aquel que
halló que la persona cuyo solo recuerdo le había dado valor en el campo ¡ya no
vivía! ¡Desdichado de aquel que, cuando finalmente llegó el día de sus sueños,
encontró todo distinto a como lo había añorado! Quizás abordó un trolebús y
viajó hasta la casa que durante años había tenido en su mente, quizá llamó al
timbre, al igual que lo había soñado en miles de sueños, para encontrarse con
que la persona que tendría que abrirle la puerta no estaba allí, ni nunca volvería.
Allá en el campo, todos nos habíamos confesado unos a otros que no podía haber
en la tierra felicidad que nos compensara por todo lo que habíamos sufrido. No
esperábamos encontrar la felicidad, no era esto lo que infundía valor y
confería significado a nuestro sufrimiento, a nuestros sacrificios, a nuestra
agonía. Ahora bien, tampoco estábamos preparados para la infelicidad. Esta
desilusión que aguardaba a un número no desdeñable de prisioneros resultó ser
una experiencia muy dura de sobrellevar y también muy difícil de tratar desde
el punto de vista del
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psiquiatra; aunque tampoco tendría que desalentarle; muy al contrario,
debiera ser un acicate y un estímulo más.
Pero para todos y cada uno de los prisioneros liberados llegó el día en
que, volviendo la vista atrás a aquella experiencia del campo, fueron incapaces
de comprender cómo habían podido soportarlo. Y si llegó por fin el día de su
liberación y todo les pareció como un bello sueño, también llegó el día en que
todas las experiencias del campo no fueron para ellos nada más que una
pesadilla. La experiencia final para el hombre que vuelve a su hogar es la
maravillosa sensación de que, después de todo lo que ha sufrido, ya no hay nada
a lo que tenga que temer, excepto a su Dios.
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SEGUNDA PARTE
CONCEPTOS BÁSICOS DE LOGOTERAPIA
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