|
La vocación y la misión de todo ser humano
consiste en lograr el ideal adecuado a su dignidad. Educar es, pues,
ofrecer ese supremo valor –el ideal humano- a la inteligencia y a la
voluntad. Es de enorme importancia enseñar desde muy temprano a los niños
a reflexionar sobre sus experiencias, para no quedarse en sus
impresiones, deseos e impulsos inmediatos y dejar, así su vida vacía de
sentido. Esto exige educar la inteligencia para alcanzar la capacidad de
pensar con rigor y la voluntad de vivir de forma creativa[1].
Pensamiento riguroso
El niño tiene en sí mismo la capacidad de pensar, y a nosotros nos
corresponde enseñarle a pensar bien. A nuestro alrededor hay realidades
que, en sí mismas, no tienen poder de iniciativa, como un martillo, una
piedra, unos zapatos... Estos “objetos” están frente al hombre, le son
distintos, externos y extraños, y él puede analizarlos sin comprometer su
propio ser. Sin embargo hay otras realidades que, aun presentando las
mismas características que un “objeto” –ocupan un lugar en el espacio,
son mensurables, asibles, etc...-, en cierto sentido son indelimitables.
Por ejemplo, una persona. En cuanto ser corpóreo, puede ser pesada,
medida, tocada..., pero ¿puede delimitarse lo que abarca en el aspecto
familiar, el ético, el religioso, el afectivo...? Está claro que no, pues
el ser humano, aunque tiene una dimensión objetiva, constituye todo un
ámbito de realidad.
Y la misma diferencia existe entre los meros hechos de la vida cotidiana
y los acontecimientos. Cada día aterrizan cientos de aviones que realizan
travesías intercontinentales. Pero, la primera vez que un avión consiguió
sobrevolar el Atlántico, su hazaña supuso todo un acontecimiento de
enormes repercusiones para el futuro. A diario disfruta el niño del amor
abnegado de sus padres, de sus cuidados y atenciones. Pero hay un día al
año de resonancia muy especial: el aniversario de su nacimiento.
Constituye un ámbito de agradecimiento, porque un día vino a la
existencia; de alegría, porque ahora forma parte de la familia; de gozo,
por poder compartir la vida con él. Es la fiesta de la participación en
el hogar.
Si vemos todo borrosamente y no distinguimos unas realidades de otras,
empobrecemos peligrosamente nuestra existencia, pues sólo los ámbitos
pueden encontrarse entre sí, no los objetos. Con meros objetos no podemos
tener experiencias de encuentro, que son las que llevan al hombre a su
realización personal. Por eso, lo decisivo en la vida es elevar todo lo
posible los objetos a condición de ámbitos, y evitar en toda circunstancia
practicar el reduccionismo, que consiste en reducir de valor las
realidades y acontecimientos de la vida.
Dimensiones de una inteligencia madura
La distinción aquilatada de los diversos modos de realidad encierra una
extraordinaria importancia pedagógica, pues nos encamina por la vía de la
madurez humana. Al ajustar su mente a cada tipo de realidades y
acontecimientos, el niño descubre qué actitud corresponde a cada modo o
nivel de realidad. Con ello, pone en tensión la mente y cultiva las tres
dimensiones de la inteligencia madura: largo alcance, amplitud y
profundidad.
Largo alcance (ver más allá de lo inmediato)
Debemos ejercitar la capacidad de superar las apariencias, penetrar en
cada una de las realidades y captar su sentido profundo. Esto supone
hacer justicia a cada realidad y reconocer en cada instante en qué nivel
de realidad nos estamos moviendo. La mera libertad de movimientos puede
parecer, a primera vista, la forma óptima de libertad, cuando la
capacidad de movimientos es total. Pero una inteligencia de largo alcance
penetra más allá de la apariencia y se percata enseguida de que la
libertad de maniobra es una forma muy sencilla y pobre de libertad. El
que sigue en cada momento la voz de sus impulsos y de sus apetencias más
inmediatas, lejos de ser libre, es esclavo de sus propias pulsiones. La
auténtica libertad consiste en elegir únicamente las posibilidades que
nos ayuden a crecer como personas y alcanzar el ideal ajustado al ser
humano.
2. Amplitud (considerar varios aspectos de la realidad al mismo
tiempo)
Para comprender el rango y el valor de nuestras acciones, debemos
contemplarlas en el contexto concreto en que están inmersas. La relación
sexual íntima, por ejemplo, es vehículo expresivo del amor entre dos
personas. Pero, si se la desgaja de éste, se la vacía de sentido, se la
rebaja de rango; del nivel 2 de la creatividad se la reduce al nivel 1 de
la mera búsqueda de gratificaciones personales[2]. Esta forma de ver en
conjunto constituye la segunda condición de la inteligencia madura: la
amplitud.
3. Profundidad (ahondar en la articulación profunda de las
experiencias y descubrir su sentido)
Una inteligencia penetrante tiende a conocer a fondo el lenguaje de la
vida creativa, a tener una idea clara de la plenitud de sentido de cada
término, de la densidad de contenido que le corresponde, de su verdadero
poder expresivo.
Al oír, por ejemplo, la palabra libertad, debemos ponerla en relación con
todos los términos vinculados a ella: creatividad, valores, sentido de la
vida, obligación, normas, cauces... Una inteligencia madura ahonda en las
implicaciones últimas de cada realidad o suceso de la vida humana.
Las tres dimensiones de la inteligencia exigen poner la mente en tensión
para ver más allá de lo inmediato, considerar varios aspectos de la
realidad al mismo tiempo y poner de relieve su sentido. Una inteligencia
madura supone el ejercicio de un pensamiento riguroso y la voluntad de
vivir de forma creativa.
Si aprende a reflexionar, a no quedarse en la primera impresión u
opinión, el niño contempla las realidades con hondura y en su mutua
vinculación. Al pensar con rigor, descubre las leyes básicas del
desarrollo humano y prevé qué actitudes lo van a llevar a su plenitud
como persona y cuáles, por el contrario, anularán la formación armónica
de su personalidad. Así, es capaz de elaborar sus propios juicios de
manera coherente y bien fundamentada antes de formarse una opinión o
adoptar una actitud. Porque pensar con rigor no implica sólo dominar los
preceptos de la lógica; supone una actitud colaboradora con las
realidades del entorno. Por eso, estudiar cómo pensar con rigor nos lleva
naturalmente a reflexionar sobre la creatividad.
La creatividad
Actualmente, en todos los ámbitos y especialmente en la escuela, se
intenta fomentar la creatividad, que el diccionario define como “la
capacidad de hacer surgir algo de la nada”. A partir de esta primera y
elemental definición, la palabra se abre a un abanico de
interpretaciones. Suele entenderse, ante todo, por creatividad la actividad
de un artista que da a luz obras sobresalientes. Esto es cierto, pero no
agota el significado del vocablo.
Si queremos “educar en la creatividad” y que nuestro proyecto educativo
sea coherente y eficaz, es indispensable clarificar debidamente qué
implica la actividad creadora, qué exigencias plantea, cuál es su
articulación interna. En primer lugar, la persona creativa ¿hace siempre
surgir algo de la nada? Si entendemos que no hay una materia previa que
sustente a la experiencia creativa, o que ésta no existía antes de que se
la hiciera brotar, ciertamente surge de la nada. Pero una experiencia
creativa no puede darse a solas; es fruto de una experiencia reversible;
implica la apertura del sujeto creador a realidades de su entorno; no a
meros objetos, sino a realidades que tienen rango de ámbitos. De ahí que
la creatividad presente diversos grados, desde la actividad artística de
los grandes genios universales hasta la de la persona más humilde y
sencilla, que sabe distinguir los objetos de los ámbitos y crea
relaciones de encuentro.
Somos creativos cuando asumimos activamente alguna posibilidad que nos
brinda la realidad y colaboramos a que surja algo nuevo dotado de valor.
Asumir “activamente” quiere decir que ofrecemos, al mismo tiempo,
nuestras propias posibilidades. Esas posibilidades recibidas permiten a
nuestras potencialidades desarrollar capacidades propias. Y, como fruto
de ese encuentro, se alumbra algo nuevo que encierra cierto valor. A
solas, nuestras potencias tienen un radio de acción muy limitado, si es
que tienen alguno. Una persona puede estar dotada de una gran capacidad
para la interpretación musical; sus potencias le permitirían llegar a ser
un virtuoso del piano, pero, si no tiene posibilidad de acercarse a tal
instrumento, sus potencias no podrán desarrollarse.
Saint-Exupéry recuerda un viaje en un tren repleto de gente de extracción
social baja. Un niño pequeño dormía arrebujado entre sus padres. El autor
francés se quedó mirando la carita del niño y recordó la figura del gran
compositor Wolfang Amadeus Mozart. Y pensó que probablemente ese niño
tuviera en sí potencias como para llegar a ser un gran músico, pero temió
que la vida no le iba a ofrecer las posibilidades necesarias, con lo cual
sus potencias quedarían ahogadas en agraz. Después de una larga
reflexión, cuando el escritor separa ya definitivamente los ojos del
niño, en su fuero interno lo considera como un “Mozart asesinado”
(“Mozart assassiné”)[3].
Ser creativo significa que uno está abierto a las realidades del entorno,
se esfuerza en captar sus diversas posibilidades y está dispuesto a
entrar en relación de trato con ellas y dar lugar a realidades nuevas y
valiosas: obras de arte, tal vez, pero también toda suerte de
experiencias reversibles y, sobre todo, relaciones de encuentro personal.
Además, y esto encierra enorme importancia para la educación de los
niños, el ejercicio de la creatividad desarrolla al máximo en el hombre
la capacidad de admiración. Ésta constituye el antídoto de la tendencia
al reduccionismo, a reducir el valor de cuanto nos rodea y amenguar, así,
nuestra capacidad creadora en todos los sentidos. La quiebra de la
creatividad nos lleva al escepticismo, al nihilismo y consiguientemente,
al absurdo. Debemos esforzarnos en enseñar a los niños a admirar lo
valioso, para que se abran a los valores en actitud creativa, y se
entusiasmen con ellos al sentir que los llevan al cumplimiento de su
propia vocación: ser personas en plenitud.
La creatividad suscita entusiasmo por los valores, y éstos a su vez potencian
la creatividad. Si no se propicia que el niño se abra activamente a las
realidades valiosas que se le ofrecen, no sentirá entusiasmo. Sin
entusiasmo no tendrá motivación alguna para cumplir las condiciones del
encuentro. De éstas depende toda relación de intimidad entre esa realidad
valiosa y él. Sin tal intimidad, la realidad valiosa se le aparecerá como
extraña, y no le interesará, le dejará indiferente. La indiferencia lleva
al hombre al desinterés y la apatía, actitudes ambas de efectos temibles
que inquietan sobremanera a los educadores.
Todos podemos ser creativos, al menos en el sentido de fundar vínculos
valiosos con las realidades circundantes. Pero, para estar en condiciones
de realizar experiencias creativas, debemos reconocer las realidades que
son susceptibles de ofrecer posibilidades y distinguirlas de los meros
objetos manipulables. Ello exige desarrollar un pensamiento riguroso. Si
deseamos fomentar la creatividad, hemos de aprender a pensar bien, ya que
creatividad y pensamiento riguroso se exigen mutuamente.
Pensar bien significa básicamente penetrar a fondo en el núcleo de cada
realidad o acontecimiento, y hacerles justicia, no violentarlos. Esto
supone la utilización precisa de los vocablos adecuados a la cuestión que
se está tratando, pues, de lo contrario, se traiciona la realidad, y la
comunicación se empobrece hasta hacer inviable el encuentro. Una forma
correcta de expresarse facilita la creatividad y el encuentro, mientras
que una manera pobre o inadecuada de utilizar el lenguaje no sólo bloquea
en el niño las posibilidades creativas sino que lo deja inerme ante los
ardides de cualquier manipulador.
Lenguaje y pensamiento están íntimamente ligados: es necesario un
pensamiento riguroso para aquilatar bien el sentido de las palabras y
frases que pronunciamos, para vincular los conceptos y dar razón de lo
que creemos, y también, como es lógico, para saber qué significa e
implica lo que hacemos.
Una mente rígida, sin capacidad de profundizar, se quedará encapsulada en
cada concepto. Por el contrario, el que vive creativamente es capaz de
penetrar en el sentido del lenguaje creativo, que exige tensión de mente
y estilo relacional de pensar. Pero la flexibilidad de mente no es
innata, y aprender a pensar con rigor y vivir de forma creativa exige la
ayuda de un método adecuado para educar la inteligencia, que implica
tanto el análisis teórico como la entrega a actividades creativas[4].
[1] Para todo el tema de pensamiento riguroso
y creatividad, véase Alfonso López Quintás, Inteligencia creativa, BAC,
Madrid, 1998.
[2] Para el tema del amor personal, véase A. López Quintás, El amor
humano. Su sentido y su alcance. Edibesa, Madrid, 41992.
[3] Cfr. A. de Saint-Esupéry, Terre des hommes, Folio, Gallimard, 1994,
pp. 181-182.
[4] En la obra de M. Ángeles Almacellas y Teresita Piscitello Educar la
inteligencia. Descubrimiento de los valores a través de la literatura y
el cine (Editorial Galeón, Córdoba, Argentina, 2000) se expone
ampliamente esta propuesta educativa.
|
Comentarios
Publicar un comentario